miércoles, 16 de mayo de 2018

Baalbek: reconocimiento de una colosal obra prerromana


Hace ya tiempo publiqué en este blog un extenso artículo que repasaba el conocido asunto del santuario de Baalbek (en el Líbano), que ha sido objeto de intensa polémica entre la arqueología alternativa y la ortodoxa. El motivo de tal controversia, que ya dura varias décadas, es la imponente arquitectura de una parte del santuario, más concretamente el podio o basamento del templo de Júpiter, de época romana, que contiene en su parte inferior unos monstruosos bloques megalíticos de cientos de toneladas de peso, siendo tres de ellos de 800 toneladas (el trilithon), a lo que hay que añadir otro gigantesco bloque –la Piedra del Sur– de un peso de unas 1.000 toneladas que quedó inacabado en la cantera próxima, si bien en un avanzado estado de tallado.

Para sintetizar la polémica, basta decir que los autores alternativos, desde los años 60, señalaron que los fundamentos del citado basamento –en parte megalíticos– no se correspondían con la conocida obra romana, en cualquiera de sus variantes y soluciones. De hecho, el conjunto de Baalbek tiene una larguísima historia, pues ya contenía restos prerromanos[1] y, tras la construcción principal llevada a cabo en época imperial, el santuario se convirtió en fortaleza y sufrió varias remodelaciones y reparaciones en época bizantina y luego árabe. Ahora bien, los bloques megalíticos, perfectamente tallados y colocados in situ sin ninguna argamasa parecían un reto fuera de lugar incluso para los expertos ingenieros y arquitectos romanos. Más bien se correspondían con otras construcciones megalíticas –presentes en varios lugares del mundo– de dudosa cronología[2], y con paralelos tan cercanos como ciertos monumentos egipcios o algunos restos observables en el antiguo Monte del Templo[3], atribuido a Salomón, en Jerusalén. En suma, desde el mundo alternativo se proponía que esa obra era mucho más antigua y más perfecta que cualquier cosa que hubieran podido hacer los romanos. 

Lo cierto es que la arqueología académica, en general, hizo oídos sordos a las críticas y observaciones alternativas, y más aún cuando estas opiniones sugerían que detrás de tal obra colosal estaban los extraterrestres, los gigantes, los Anunnaki, los atlantes o cualquier civilización desaparecida. No obstante, se hicieron algunos esfuerzos por parte académica para demostrar –sobre bases teóricas– que, si bien los romanos no tenían por costumbre recurrir a bloques ciclópeos, sí tenían la capacidad técnica de tallar los bloques, alzarlos, desplazarlos y colocarlos luego en el basamento o podium del templo, y sin la necesidad de emplear miles de esclavos o trabajadores. En su momento, en el citado artículo, ya expuse los problemas de estas argumentaciones y no me extenderé en más comentarios.

Vista parcial del santuario en la actualidad
Sin embargo, vale la pena señalar ahora que la arqueología académica, a la luz de las recientes investigaciones de los últimos años en el lugar, ya está empezando a reconocer abiertamente la existencia de una imponente obra prerromana de incierto origen. Básicamente, los trabajos realizados han demostrado que existió una vasta intervención anterior al proyecto romano, a lo cual cabe añadir la constatación de que la Piedra del Sur no está sola, sino que hay por lo menos otros dos bloques descomunales, de peso todavía superior a ésta. Por otra parte, también creo interesante mencionar las últimas observaciones realizadas en Baalbek por Graham Hancock, que desbaratan un poco más las teorías académicas e introducen más incógnitas en la ecuación, a la espera de nuevas interpretaciones.

Así pues, me gustaría referirme a un trabajo[4] publicado en 2010 por el arquitecto y arqueólogo alemán Daniel Lohmann, miembro de la misión arqueológica alemana en Baalbek. En su artículo Giant strides towards monumentality (“Grandes zancadas hacia la monumentalidad”), Lohmann se refiere a un proyecto monumental megalómano que precedió a la gran construcción romana iniciada en siglo I d. C. Según la moderna investigación arqueológica, quedaría probado que existió un plan anterior al romano, otro gran santuario o construcción que fue objeto de posterior reaprovechamiento por parte de los romanos. En palabras de Lohman: 

“En la época de los trabajos franceses y libaneses en Baalbek, se hallaron los restos de construcciones monumentales prerromanas en las excavaciones bajo el pavimento romano del Gran Patio. La prospección e interpretación actuales muestran que existía un piso prerromano a unos 5 m. bajo el piso del Gran Patio Romano tardío, por debajo del posterior patio oriental. Como rasgos, se incluyen un monumento de podio independiente y una escalera en voladizo precedente; ambos sugieren una anterior entrada al santuario. Además, se podría afirmar que el muro de cimentación situado debajo de la peristasis del templo pseudodipteral imperial inicial era de fecha prerromana. Esta antigua terraza en forma de T ya era una construcción gigantesca, al menos cinco metros más alta que el tell y que cualquier construcción de plataforma. Debido a la falta de restos arquitectónicos de un templo, se puede suponer que el templo para el que se construyó esta terraza nunca fue terminado o quedó completamente destruido antes de que comenzara una nueva construcción. [...]

La construcción inconclusa del santuario prerromano se incorporó a un plan maestro de monumentalización. Aparentemente desafiado por la enorme construcción prerromana, el antiguo santuario imperial de Júpiter muestra tanto una arquitectura de diseño megalómano como la técnica de construcción de la primera mitad del primer siglo después de Cristo. El ejemplo más famoso puede ser el trilithon que forma la hilada media del podio del templo occidental en tres bloques de 4 por 4 por 20 metros. El podio se puede considerar como un intento de esconder la terraza del templo –más antigua y de forma inconveniente– detrás de un podio de estilo romano, que consta únicamente de tres hiladas de mampostería, con una altura de doce metros.”[5]

Es decir, se reconoce explícitamente que existió en Baalbek una gran construcción previa –llamémosla megalómana– que tal vez pudo ser la base para un templo o un gran edificio y que quedó inacabado o que fue destruido. Y todo esto en un tiempo indeterminado, pues no hay datos de ninguna datación ni tampoco una posible adjudicación a una cultura concreta (¿fenicios, época helenística...?). Ya sabemos que la obra es “prerromana”, pero la falta de mayores referencias concretas resulta un poco desconcertante. ¿Qué cultura se dedicaba allí a la megalomanía arquitectónica en tiempos históricos? En todo caso, quedaría por aclarar el elemento esencial de la controversia, esto es, establecer qué parte de lo que podemos ver en Baalbek es genuinamente romana y qué parte es anterior (sin que sepamos por el momento quién la realizó, ni cómo, ni cuándo).

El trilithon (véase la diversidad de paramentos)
A este respecto, Graham Hancock hace notar que el gran podio erigido sobre enormes bloques –incluyendo el trilithon– en realidad no es un podio para el majestuoso templo de Júpiter sino un recinto formado por muro megalítico en forma de U. En efecto, lo que Lohmann llama Podio 2 no sustenta el templo, no forma parte de su fundamento o base, sino que lo rodea en tres de sus lados (norte, sur y oeste). Como hemos visto, Daniel Lohmann asegura que tal construcción es contemporánea del templo de Júpiter y del resto de templos y que se erigió meramente para tapar la terraza o plataforma “poco vistosa” que conformaba la base real del templo (el Podio 1, en denominación de Lohmann, de época herodiana). O sea, hemos de creernos que tan magna construcción aparentemente sólo tuvo una función decorativa o cosmética.

Lo que Hancock opina, y yo comparto, es que el llamado Podio 2, la obra megalítica, podría haber estado allí desde hacía muchos siglos –tal vez milenios– y que los romanos lo aprovecharon como muro de contención o para otra finalidad similar. Obviamente, disponer de alguna datación absoluta de esta estructura podría despejar muchas dudas, pero cuando Graham Hancock preguntó a Lohmann si se había realizado alguna datación del Podio 2 mediante Carbono-14, éste le contestó que lamentablemente no se disponía de ninguna, ya que el paso del tiempo y las modificaciones sufridas por las estructuras habían borrado cualquier traza de material orgánico. En todo caso, desde mi conocimiento de la arqueología romana, me parecen claros los siguientes hechos:

  • No tiene sentido, ni tampoco ningún precedente en el mundo romano, realizar ese recinto monumental en torno al podio del templo sólo por motivos “estéticos”. Y todavía es más extraño ver que para tal muro se emplearon bloques de distinta medida, siendo algunos de ellos de tamaño y peso enorme (incluido el trilithon), lo que carece de lógica ya que –como hemos visto– no debían soportar ninguna gran estructura. Ese es un argumento demoledor contra la hipótesis romana.
  • Los romanos, a lo largo de varios siglos, no recurrieron en su arquitectura o ingeniería a tales bloques megalíticos gigantescos. Para grandes obras solían emplear sillares de piedra de tamaño medio (opus quadratum) o bien cemento (opus caementicium), u otro tipo de paramentos en piedra o en ladrillo.
  • Los romanos, aparentemente, no tenían capacidad técnica para mover y colocar bloques de más de 300 toneladas, según sabemos por el complicadísimo transporte de obeliscos procedentes de Egipto. Y aunque hubieran ideado algún sistema con máquinas, lo más probable es que fuera tremendamente complejo, lento y muy costoso, nada operativo para los eficientes romanos. (Es exactamente lo mismo que ocurre en el mundo actual, aun disponiendo de maquinaria motorizada.)
  • No hay ningún dato sobre el terreno que permita asociar fiablemente el Podio 2 con el resto de monumentos romanos. Antes bien, la fuerte erosión que presentan algunos bloques de este muro apunta a una evidente diferencia cronológica con la obra propiamente romana. Por tanto, la pretensión del estamento académico de que este muro es romano al 100% es una mera suposición que no está basada en pruebas objetivas e indiscutibles.

La Piedra del Sur
Por otra parte, las modernas excavaciones llevadas a cabo en la cantera que abasteció de piedra a los constructores de Baalbek han sacado a la luz dos nuevos monstruosos bloques paralelepípedos que quedaron inconclusos, ambos muy cerca de la ya conocida Piedra del Sur. El primero, de unas 1.200 toneladas, ya había sido excavado en los años 90, mientras que el último fue localizado y excavado en 2014, y según las estimaciones de los expertos podría tener un peso de unas 1.650 toneladas. Evidentemente, todo empuja a pensar que estos inmensos bloques estarían destinados a completar la estructura Podio 2, en conjunción con los ya conocidos bloques del trilithon. Y nuevamente, las explicaciones académicas caen por su propio peso (nunca mejor dicho en este caso). Como se ve, la Piedra del Sur no fue una excepción o un error de cálculo, pues ahí tenemos varios bloques similares esperando ser finalizados. Los romanos no hubieran dejado un trabajo tan ingente inacabado; no tiene ningún sentido lógico, ello por no volver a incidir en la muy improbable capacidad técnica de mover y colocar esos bloques en su lugar.

Puestos a especular, más bien parece que los constructores originales del Podio 2, quienes quiera que fuesen, vieron interrumpido su trabajo de forma brusca por alguna poderosa razón que desconocemos (¿un desastre natural, una crisis económica, un problema político, una guerra...?). Asimismo, fueron incapaces de retomar el trabajo abandonado, quedando los enormes bloques en su emplazamiento actual, sin que tampoco tengamos la menor pista de lo que sucedió (¿el fin de una civilización?). Lo que es obvio es que dada la enorme solidez de la estructura, allí se mantuvo durante un tiempo indefinido hasta que pasó a formar parte del conjunto romano.

En cualquier caso, una vez más estamos ante ese vacío, explicaciones fáciles o despeje de balones por parte académica cuando se habla de megalitismo a esta escala tan enorme y con tal perfección técnica. Y al igual que, por ejemplo, los muros ciclópeos de Sacsayhuamán (Perú) fueron asignados a los incas, los muros con bloques gigantescos de Baalbek fueron asignados a los romanos con escasa discusión. Detrás de ello sólo veo el miedo a reconocer que las antiguas civilizaciones conocidas no tenían los medios para emprender tales hazañas arquitectónicas. Esto nos lleva por fuerza a la hipótesis de la civilización desaparecida, para la cual no debía ser un esfuerzo titánico manejar tales bloques, pues posiblemente disponían de una tecnología desconocida para nosotros. Y aun admitiendo que ésta es una explicación situada en un escenario hipotético y un limbo de pruebas, me parece más razonable que las propuestas convencionales, o al menos más consistente como punto de partida.

© Xavier Bartlett 2018

Fuente imágenes: Wikimedia Commons



[1] Según los arqueólogos, el yacimiento es un típico “tell”, una colina que fue aumentando en altura según se producían las sucesivas ocupaciones humanas y abandonos a lo largo de miles de años. Los restos más antiguos se han datado en el Neolítico, hacia el 8000 a. C.

[2] Recordemos que el megalitismo, en sus diferentes manifestaciones, ha sido datado por la arqueología ortodoxa desde el Neolítico hasta la Edad de Bronce, con algunas apariciones esporádicas en época histórica, si bien no se suele emplear el término “megalítico” para describirlas.

[3] También denominado “Explanada de las mezquitas”.

[4] Fuente: www.archeologia.beniculturali.it/pages/pubblicazioni.html


[5] LOHMANN, D. Giant strides towards monumentality. The Architecture of the Jupiter Sanctuary in Baalbek / Heliopolis. Bollettino di Archeologia on line 2010/ Volume speciale/ Poster Session 2 (Texto traducido del inglés)

lunes, 7 de mayo de 2018

Civilizaciones desaparecidas y mensajes subliminales



Todos los aficionados a la arqueología alternativa saben que uno de los caballos de batalla más firmes de sus tesis heréticas es el tema de las civilizaciones desaparecidas (una o varias), argumento que tal vez permitiría entender algunas cosas que aún hoy en día resultan oscuras o confusas desde el punto de vista arqueológico. Para resumir, podríamos decir que hay dos enfoques principales sobre esta cuestión. Por un lado, están los que abogan por una civilización que data de hace unas decenas de miles de años –encarnada principalmente en el mito de la Atlántida– y que resultó destruida por un enorme cataclismo hace unos 12.000 años, como ya expuse en el artículo reciente sobre catastrofismo. Por otro lado, están los que adoptan una perspectiva de historia cíclica y que creen que ha habido varias humanidades que han nacido, prosperado y desaparecido en ciclos de tiempo muy extensos, llegando incluso a varios millones de años, tal como afirma la tradición védica hindú, y que ha tenido eco en autores occidentales tan conocidos como Michael Cremo.

Por lo demás, tampoco hay una idea muy definida de cómo podrían haber sido esas humanidades pasadas e ignotas. En algunos casos, recogidos por Cremo, se habla de presencia de restos de Homo sapiens (u homínidos anatómicamente modernos) con antigüedades de hace algunos millones de años, pero sin estar claramente asociados a una cultura material determinada. Más bien parece que esos hipotéticos hombres de eras remotas vivirían o bien en una supuesta Edad de Piedra o bien en un estadio de civilización primitivo. No obstante, algunos supuestos objetos sofisticados o avanzados de incierta datación –los famosos ooparts– empujarían a pensar que los humanos de esos tiempos tenían una civilización tecnológica similar a la nuestra o incluso más adelantada. En esta misma línea también cabe mencionar las visiones del psíquico americano Edgar Cayce en las que hablaba de tecnología de cristales y otros poderes que no estarían al alcance de la humanidad actual. Este tipo de especulaciones de algún modo enlazaría con el viejo debate sobre los prodigios de algunas obras megalíticas, asunto polémico que he abordado frecuentemente en este blog.

Los inicios de la civilización: Egipto
Asimismo, he dejado claro que el estamento académico se ha mostrado tradicionalmente reticente –por no decir hostil– ante esta clase de propuestas. La historia ortodoxa sólo contempla un único escenario evolucionista, fundamentado en datos geológicos, biológicos y paleontológicos, según el cual los homínidos aparecieron por obra y gracia de la evolución por selección natural hace unos cuantos millones de años y acabaron derivando en una serie de especies humanas (o humanoides), que condujeron a la aparición y posterior supervivencia de una especie humana más avanzada y adaptada: el Homo sapiens, o sea, nosotros. Las demás ramas humanas acabaron por desaparecer por los propios procesos de competencia natural y el sapiens se quedó solo hace unos 30.000 años, cuando perecieron los últimos neandertales. Y por supuesto, en este marco lineal no cabe hablar de ninguna civilización remota. Para la ortodoxia, sólo hubo una larguísima Edad de Piedra que finalizó con el Neolítico (etapa de salto hacia la producción de recursos en detrimento de la caza y la recolección), que a su vez dio paso a las primeras civilizaciones hace unos 5.000 años.

En este clásico contexto de negación de civilizaciones desaparecidas por parte de la ciencia académica, he quedado sorprendido por las recientes noticias que han aparecido en numerosos medios de comunicación acerca de una investigación de tipo físico, químico y geológico que pretende abrir una inesperada puerta a una civilización perdida no hace miles de años... sino millones. En efecto, en el artículo titulado Was There a Civilization On Earth Before Humans?[1] (“¿Hubo una civilización sobre la Tierra antes de los humanos?”) los científicos norteamericanos Adam Franck (astrofísico de la Universidad de Rochester) y Gavin Schmidt (director del GISS[2]) realizan una serie de planteamientos teóricos no muy habituales –y aparentemente muy audaces– sostenidos por determinadas observaciones de tipo geológico y medioambiental. Paso pues a comentar este documento, adjuntado al final unas breves reflexiones sobre su validez e intención.

En primer lugar, empero, cabe resaltar que resulta un poco desconcertante el título de artículo pues pretende suponer que hubo una civilización antes de los humanos, lo cual nos empuja a pensar que o bien tal civilización surgió a partir de otra clase de seres terrícolas o bien fue obra de alienígenas. Desde luego, esto es algo que podríamos considerar un patinazo o resbalón del lenguaje, pero me pregunto si no se hizo para no violentar el paradigma evolucionista sobre el origen del hombre. Lo que parece claro es que si dejamos a los extraterrestres en su limbo científico, lo lógico sería pensar que dicha civilización sería fruto de humanos al menos parecidos a nosotros. Así pues, creo que no hubiera sido ningún problema poner “una civilización (o humanidad) precedente” o algo similar, pero dejémoslo ahí.

¿Civilizaciones de hace millones de años?
Si nos centramos en el trabajo de estos científicos, afirman que su investigación, que ellos han bautizado como “hipótesis siluriana”[3], nació de la pregunta retórica acerca de si podían haber existido civilizaciones muy anteriores en el tiempo a la nuestra y –si así fuera– cómo podríamos llegar a saberlo, o al menos a tener algún tipo de indicio, teniendo en cuenta la probabilidad, por escasa que sea, de que en 4.500 millones de antigüedad del planeta podría haber tenido lugar un proceso de civilización del cual no fuéramos conscientes. No obstante, Franck y Schmidt inciden en el hecho de una civilización muy remota podría haber desaparecido sin dejar rastro material apreciable, aunque hubiera erigido grandes ciudades y obras, aparte de la muy difícil localización de restos orgánicos, pues la fosilización de dichos restos es en realidad un proceso bastante extraordinario en la naturaleza. Por la propia experiencia terrestre, se podría esperar encontrar tal vez algunos restos esporádicos de hace unos pocos miles de años, pero con toda seguridad no de millones de años. Eso implica que, aunque una civilización altamente desarrollada hubiera pervivido muchos miles de años, no necesariamente dejaría los rastros “habituales” que persiguen los arqueólogos.

En realidad, su estudio tiende más bien a plantear el descubrimiento en otros mundos de una exo-civilización esto es, una civilización originaria de algún planeta del Universo que en el futuro pudiera ser identificada por sus restos. En todo caso, el punto de partida o condición sine qua non es que tal civilización debería haber sido altamente desarrollada, semejante a nuestra modernidad industrial. Así pues, la hipótesis tiene como base metodológica la comparación de ese mundo perdido con la actual etapa de crecimiento industrial de la Humanidad llamada convencionalmente Antropoceno. Desde esta perspectiva, lo que los autores tratan de buscar es una serie de marcas o indicadores en el registro geológico –similares a los que dejaría sobre el terreno una sociedad industrial como la nuestra– que pudieran señalar la inequívoca presencia de una sociedad avanzada hace millones de años.

Ahora bien, ¿sería sencillo identificar las trazas de una civilización de hace millones de años? Los autores constatan que el registro geológico es bastante limitado, pues en la Tierra sólo se puede acceder a superficies terrestres del Cuaternario, siendo la más antigua conocida de hace 1,8 millones de años (situada en el desierto del Negev, al sur de Israel). Para estudiar restos más antiguos se ha de recurrir a acantilados o cortes en la roca. La solución a este problema de “detección” surge de la investigación climática, o dicho de otro modo, del impacto físico-químico sobre la naturaleza que ha dejado el desarrollo industrial en los siglos recientes.

Aquí llegamos al núcleo duro de la teoría. Los autores creen que, a falta de restos materiales convencionales, se podría explorar la hipotética huella industrial dejada sobre el paisaje en un amplio marco de tiempo que abarcara muchos millones de años. Para realizar este ejercicio teórico, se recurre a la extrapolación de la actual situación del planeta Tierra, con una civilización que ha ido dejando rastros derivados de su creciente actividad industrial. Así, cabe esperar que el actual recurso generalizado a determinados productos y a prácticas industriales deje en la naturaleza una impronta duradera, sobre todo en forma de sedimentos, en los cuales sería factible identificar unos indicadores de “extraños equilibrios químicos”.

Los autores citan, por ejemplo, el caso de los fertilizantes (necesarios para la producción agrícola a gran escala), que dejarían un rastro de grandes cantidades de nitrógeno, que se acabaría depositando en los sedimentos de nuestra era. Asimismo, está el caso de ciertos productos de uso muy extendido que datan del siglo pasado, como los plásticos, que según varios estudios se están depositando de forma masiva en el fondo de los mares, creando una capa geológica que podría perdurar durante enormes periodos de tiempo. En este mismo plano, también cabría citar otros productos químicos contaminantes e isótopos radioactivos que se depositan sobre la superficie terrestre y que tienen larguísimos periodos de degradación.

Uso de combustibles fósiles
Por otro lado, tenemos el asunto de la quema de combustibles fósiles (básicamente petróleo y carbón). Según la hipótesis siluriana, el carbono liberado a la atmósfera dejaría indicadores en forma de ciertos isótopos, de igual modo que los aumentos significativos de temperatura. Con este escenario, un científico del futuro se podría encontrar en sus análisis químicos determinados picos de nitrógeno, nanopartículas de plástico o incluso esteroides sintéticos. Y por lógica, si encontrásemos estas trazas en estratos geológicos de enorme antigüedad podríamos especular con la desaparición, hace millones de años, de una civilización industrial similar a la nuestra.

Sin embargo, no es conveniente ir tan deprisa. Los propios autores hacen referencia a un periodo llamado PETM (Paleocene-Eocene Thermal Maximum, “Máximo térmico del Paleoceno-Eoceno”) de hace unos 45 millones de años en los que la temperatura ascendió de forma notable y en que la Tierra estaba casi libre de hielos. En este caso del PETM, los análisis químicos también muestran picos de isótopos de carbono y oxígeno, que podrían ser muy similares a los de nuestro actual Antropoceno, sin que ello suponga forzosamente pensar en una civilización, pues la liberación del carbono y el oxígeno podría haberse dado en una escala temporal muchísimo mayor que los recientes 300 años. De hecho, es bien sabido que a concentración de CO2 en la atmósfera ha sido variable a través de las eras geológicas y que en otras épocas fue mucho mayor que en la actualidad[4]. Sobre el origen de estas alteraciones naturales, tampoco hay demasiadas certezas, si bien se apela frecuentemente a desastres naturales, erupciones volcánicas, eventos cósmicos, etc.

En suma, los autores vienen a concluir en la idea de que sería muy complicado detectar con plena fiabilidad la presencia de una civilización avanzada semejante a la nuestra y que podría darse el riesgo de confundir factores naturales con factores humanos. No obstante, la validez de esta hipótesis radicaría en la concienciación de lo que supone el impacto de una civilización industrial sobre el medio ambiente, en términos de cambio climático y autodestrucción o colapso de la propia civilización. Así pues, en términos de supervivencia de una civilización sería aconsejable renunciar a las energías que producen un fuerte impacto sobre la naturaleza y adoptar otras energías sostenibles, que sin duda dejarían una ínfima huella sobre el terreno... ¡y dificultarían pues la detección de carácter físico-químico! Franck y Schmidt lo expresan de forma muy clara en la siguiente afirmación:

“Una vez que te das cuenta, a través del cambio climático, de la necesidad de hallar fuentes de energía de bajo impacto, menos impacto dejarás. Por tanto, cuanto más sostenible se haga tu civilización, menor será la señal que dejarás para las futuras generaciones.”

Restos plásticos (foto: A. Whaddington)
Acabáramos. Esta propuesta no va realmente de arqueología especulativa, sino que constituye un sutil mensaje subliminal del alarmismo climático. En efecto, ahí tenemos el repetido mantra de la supuesta peligrosidad de los combustibles fósiles y la muy reciente cruzada contra los plásticos. El mensaje es claro: una civilización basada en un desarrollo industrial como el nuestro está condenada a la desaparición. Que podamos detectarla de aquí a miles o millones de años, eso ya es otra cosa... En fin, para no extendernos demasiado e irnos por otros derroteros, basta decir que la teoría del calentamiento global antropogénico carece totalmente de fundamento científico, como han demostrado con hechos y datos cientos de expertos reconocidos e imparciales[5]. Pero aun dejando a un lado la polémica sobre el cambio climático, podemos ver que la hipótesis siluriana aporta muy poco a los estudios serios sobre una hipotética civilización desaparecida, e incluso sobre el futuro de nuestra civilización.

Para empezar, como ya se ha recalcado, ni los proponentes de esta hipótesis tienen claro cómo se podría discriminar con precisión el sentido de los indicadores “irregulares” hallados en los análisis químicos. Al no haber seguridad sobre el origen de esos picos de determinados elementos ya mencionados, sería muy complicado determinar si hubo vida inteligente aquí o en otro planeta sin disponer de otros elementos de contraste. En cualquier caso, también cabe la posibilidad de que los indicadores que maneja esta hipótesis estén presentes hasta un determinado tiempo y luego desaparezcan del registro geológico o sean tan leves que no permitan aportar ninguna información fiable.

Asimismo, podemos apreciar un grave sesgo, reconocido por los propios autores, que es suponer que una civilización desarrollada tuvo que pasar por una etapa industrial similar a la nuestra, ya sea en nuestro planeta o en cualquier otro. Incluso si aceptamos que esa civilización alcanzó una fase industrial, no se puede saber qué tipo de industria iba a desarrollar ni con qué fuentes de energía, y si en caso de producir cierta contaminación no hubiera hallado un remedio eficaz contra ésta. Del mismo modo es imposible saber cómo evolucionará nuestra civilización, pues todos los presagios catastrofistas están plagados de sesgos, manipulaciones y mentiras, por no hablar del propio riesgo de hacer predicciones basándose en simples proyecciones estadísticas o matemáticas. Hay muchos escenarios posibles a partir de nuestra actual situación y que no necesariamente han de acabar en la deposición y consolidación de residuos –ya sean contaminantes o no– durante millones de años. Ahora es pertinente recordar que la geología contiene una buena parte de especulación, pues por ejemplo las propias dataciones radiométricas (sobre elementos radioactivos) están basadas en proyecciones matemáticas y suposiciones sobre la inalterabilidad de ciertos procesos, aparte de los importantes márgenes de error propios de la metodología[6].

Aún así, y aunque admitamos la bondad de los argumentos de estos científicos, también podríamos considerar que es un sesgo afirmar que una civilización fue destruida por su propia contaminación o por haber provocado un “cambio climático”. Podría haber sobrevivido a un gran desastre ecológico –debido a causas naturales o bien a causas antrópicas– o de cualquier otra clase y luego desaparecer por otros motivos completamente distintos. Las civilizaciones antiguas, por ejemplo, ya no están entre nosotros porque sucumbieron a procesos internos o externos de desintegración o evolución, y en ningún caso podemos hablar de un “desastre industrial”. A lo mejor nuestro mundo podría perecer a causa del impacto de un asteroide enorme, o de una guerra nuclear masiva, o de un virus maligno o de los efectos de la contaminación electromagnética (de la que casi nadie habla). Todas las hipótesis están abiertas. Nada es eterno ni seguro.

Otro concepto de civilización
Lo que sí me parece interesante para concluir esta reflexión es el común prejuicio que tenemos sobre el término “civilización”, en particular cuando lo identificamos con armonía, desarrollo o progreso. Esto es más evidente por cuanto nos quieren hacer creer que el problema de nuestra moderna civilización son las toneladas de residuos y contaminantes de todo tipo, mientras que nadie parece hacer caso a las invisibles toneladas de miedo y odio que se van acumulando de forma exponencial en todos los ámbitos de la sociedad humana.

Para varios arqueólogos alternativos, entre los que podemos a destacar a John Anthony West o Graham Hancock, algunas de las civilizaciones más antiguas que nos precedieron no se parecían en casi nada a la nuestra porque no estaban orientadas al materialismo (nuestro caso) sino a la espiritualidad, como se aprecia especialmente en el caso de la civilización egipcia, tal vez heredera de una civilización ignota superior a nuestro mundo occidental en muchos aspectos. Me quedo con las siguientes palabras de J. A. West, tomadas de su imprescindible libro La serpiente celeste:

Por civilización entiendo una sociedad organizada sobre la convicción de que la humanidad está en la Tierra con un propósito. En una civilización, los hombres están más preocupados por la vida interior que por las condiciones de la existencia cotidiana.

© Xavier Bartlett 2018

Fuente imágenes: Wikimedia Commons



[2] Goddard Institute for Space Studies (organismo de la NASA orientado a estudios climáticos)

[3] Nombre inspirado en un episodio de la famosa serie de ciencia-ficción Doctor Who, según el cual la Tierra habría estado habitada por humanoides inteligentes de aspecto reptiloide o “siluriano” (¿a qué me recuerda esto?) en el contexto de una sociedad científicamente adelantada.

[4] Por ejemplo, los estudios paleoclimáticos asignan a la era de los dinosaurios un nivel de CO2 atmosférico de hasta 12 veces superior al actual.



[6] Básicamente, las tres grandes fuentes de error de la datación radiométrica son: 1) las imprecisiones sobre el conocimiento de los periodos de desintegración de los átomos, 2) el carácter estadístico del proceso, y 3) los errores propios de la metodología empleada.

viernes, 27 de abril de 2018

La disputada procedencia de Colón


En los inicios de este blog ya dediqué un amplio artículo a la polémica cuestión del descubrimiento de América, sobre todo por parte de la historia alternativa, que asegura que Colón no fue precisamente el primero en llegar al continente americano, sino que muchas otras civilizaciones ya habían pasado por allí desde tiempos remotos. En todo caso, Colón habría oficializado la presencia foránea en el Nuevo Mundo y habría abierto la puerta a la conquista europea, inaugurando de hecho una nueva fase de la historia. Además, la historia alternativa ha insistido bastante en el oscuro perfil de Colón, una persona que se movía al más alto nivel, entre el Papado y las cortes de grandes reinos, y que parecía tener muy claro el éxito de su aventura hacia las Indias.

En este sentido, se ha sugerido que Colón era tal vez un hombre relacionado con los templarios (oficialmente desaparecidos pero que seguían operando bajo otros nombres) y que disponía de la información y los mapas precisos para llevar a cabo su misión. Para alcanzar sus metas sólo le faltaba el patrocinio adecuado, que acabó consiguiendo en la corte de los reyes hispánicos Fernando e Isabel, aparte del apoyo más o menos directo del Papa de Roma. Lo que vino después es de todos conocido y no vale la pena incidir más en ello: aunque Colón murió sin saber con certeza que había “descubierto” un nuevo e inmenso continente, se llevó toda la fama y los honores por su hazaña.

Y precisamente en este punto empezó una cierta disputa más o menos chauvinista para atribuirse el origen de Colón. La versión tradicional siempre sostuvo que era un genovés llamado Cristoforo Colombo, pero con el paso del tiempo –y sobre todo en épocas recientes– se formularon otras hipótesis más o menos fundadas que apuntaban a un origen griego, portugués, gallego, mallorquín o catalán[1]. Así pues, la historia alternativa había ido cuestionando la “italianidad” de Colón sin que se revisaran demasiado los argumentos originales. En este sentido, para hacer justicia a la historiografía convencional, he considerado oportuno adjuntar aquí un breve artículo del investigador italiano Yuri Leveratto –del cual ya he publicado otros materiales– en el cual se exponen detalladamente las pruebas documentales que garantizarían el origen genovés de Colón. Quizá en otro artículo hablemos más a fondo de las otras teorías.

El origen de Cristóbal Colón: los documentos oficiales


Nao Santa María y carabelas Pinta y Niña (réplicas)
Hoy en día, ningún especialista serio duda del hecho de que Cristóbal Colón naciera en la República de Génova. Sin embargo, hay todavía muchos pseudo-investigadores que, con base en noticias falsas o conjeturas, sostienen que el famoso navegador tenía un origen diferente.

Veamos, primero que todo, lo que escribió el gran historiador español Gonzalo Fernández de Oviedo en su Historia general y natural de las Indias: 

Digo que Cristóbal Colon, según yo he sabido de hombres de su nación, fue natural de la provincia de Liguria, que es en Italia, en la cual cae la ciudad e señoría de Génova: unos dicen que de Saona, e otros que de un pequeño lugar o villaje, dicho Nerbi, que es a la parte del Levante y en la costa de la mar, a dos leguas de la misma ciudad de Génova; y por más cierto se tiene que fue natural de un lugar dicho Cugureo, cerca de la misma ciudad de Génova. 

Uno de los más grandes historiadores del siglo XVI, por tanto, reconoce a la República de Génova (aunque no proporciona el lugar exacto) como el territorio de origen del gran navegante. Pero vamos a los documentos oficiales, que prueban indiscutiblemente la procedencia genovesa de Cristóbal Colón.

En total, son más de sesenta los documentos que se refieren a Colón o a los miembros de su familia. Dos documentos se refieren al abuelo de Cristóbal, Giovanni, nacido en Mocònesi, cerca de una antigua vía que de Piacenza conduce a Génova. Treinta y cinco documentos se refieren al padre, Domenico, nacido en Quinto (Génova). Tres documentos se refieren a la madre, Susana Fontanarossa. El más importante de estos escritos es el llamado Documento Assereto, hallado por Ugo Assereto en el archivo de Génova en 1904, entre las actas del notario Girolamo Ventimiglia.

En julio de 1478, la casa Centurione de Génova encargó a Cristóbal Colón comprar un lote de azúcar en la isla de Madeira. Sin embargo, el representante de los Centurione en Portugal, Paolo de Negro, no envió a Colón la suma necesaria para la compra.Aproximadamente un año después, Lodisio Centurione quiso aclarar las responsabilidades de lo ocurrido frente a un notario en Génova. 

En este documento, que resulta haber sido escrito el 25 de agosto de 1479, Colón aparece como testigo en la disputa entre Lodisio Centurione y los hermanos Paolo y Cassano de Negro. El futuro almirante declara bajo juramento ser ciudadano genovés:

Cristoforus Columbus, civis Januae

O bien:

Cristóbal Colón, ciudadano de Génova

Quienes dudan de la ciudadanía genovesa del Almirante del Mar Océano, sostienen que Cristoforo Colombo, hijo de Domenico y de Susana Fontanarossa, no tiene nada que ver con Cristóbal Colón, Almirante del Mar Océano. Por lo general, agregan, estando mal informados, que Cristóbal Colón no escribió nunca nada sobre sus orígenes genoveses.

En general, Cristóbal Colón, desde que se estableció en España, no renegó nunca de sus orígenes, sino que intentó divulgarlos lo menos posible, porque el simple hecho de ser extranjero obstaculizaba sus proyectos.

Documento sobre Colón (s. XV)
Una de las pruebas del hecho de que Cristoforo Colombo y Cristóbal Colón fueron la misma persona es justamente el Documento Assereto, que además de afirmar el gentilicio genovés de Cristóbal Colón, comprueba el hecho de que él mismo se encontraba en Madeira en 1478. En efecto, está confirmado que Cristóbal Colón se encontraba en Madeira en aquellos años, isla donde conoció a su primera esposa, Moniz Perestrelo.

En todo caso, en dos escritos, el Colón ya almirante menciona sus orígenes. En el escrito “Institución de Mayorazgo”, el 28 de febrero de 1498, ordena al hijo Diego hacerse cargo del mantenimiento de un miembro de la familia en Génova:

Que tenga allí casa y mujer…como persona legada a nuestro lineaje, pues de aí salí y en ella nazí

El segundo documento que vincula indisolublemente el Colón genovés al Colón almirante es una carta a los Protectores de las Compras de San Jorge (Génova) del dos de abril de 1502:

Bien que el cuerpo ande acá, el corazón está allí de continuo

Un último e importante documento es el acta del notario Giovanni Battista Peloso delante del cual aparecieron los tres hijos de Antonio Colón (hermano de Domenico, padre de Cristóbal). Mateo, Amighetto y Giovanni declararon comprometerse a dividir en partes iguales los gastos de Giovanni para ir a ver a su primo, Cristóbal Colón, almirante del rey de España. 

© Yuri Leveratto 2014 

Traducción de Julia Escobar Villegas

Fuente imágenes: Wikimedia Commons / artículo original

Bibliografía:
Nuova raccolta colombiana: i documenti genovesi e liguri A. Agosto

Cibergrafía:
http://www.treccani.it/enciclopedia/cristoforo-colombo_%28Dizionario-Biografico%29/





[1] De hecho, existe una fuerte corriente historiográfica en Cataluña, patrocinada por el Institut de Nova Història, que no duda de la procedencia catalana de Colón (Colom es un apellido catalán relativamente común) e incluso explica toda la aventura de Colón en clave catalana.

sábado, 14 de abril de 2018

¿Se afianza el catastrofismo?


Uno de los habituales campos de batalla entre la historia alternativa y la académica es el papel del llamado catastrofismo, teoría no precisamente moderna que sostiene que la Tierra ha sufrido gigantescas catástrofes naturales, a menudo ligadas a fenómenos celestes,  que marcaron poderosamente el devenir de la vida en el planeta, incluyendo el de la especie humana. Frente a esto, el estamento académico reconoce que se dieron grandes cataclismos en tiempos remotísimos, pero prefiere dar un rol preponderante al gradualismo o uniformismo, esto es, a los lentos y progresivos cambios en la naturaleza a lo largo de millones de años, impulsados por una serie de factores ambientales más o menos definidos y no tan “traumáticos”. Además, el evolucionismo y el gradualismo han ido de la mano desde los tiempos de Darwin y no están por la labor de separarse, sobre todo para no perjudicar al edificio teórico evolucionista.

Esto no obsta a que los científicos ortodoxos hayan recurrido a grandes catástrofes puntuales para justificar los inexplicables saltos o vacíos en la evolución de las especies, según propugnaba Steven Jay Gould con su teoría del equilibrio puntuado. Asimismo, la desaparición masiva de los dinosaurios hace 65 millones de años ha sido achacada básicamente a un gran evento cósmico; en concreto, al impacto de un enorme meteorito en el continente americano. Ahora bien, es pertinente señalar que ambas explicaciones se mueven en el terreno de la conjetura –más o menos fundada– pues a día de hoy no hay pruebas que puedan corroborarlas con seguridad.

Immanuel Velikovsky
Sin embargo, el catastrofismo defendido por algunos herejes de la ciencia, como los casos de Immanuel Velikovsky o de Charles Hapgood, fue duramente atacado por proponer la existencia de enormes cataclismos con graves efectos en todo el planeta en tiempos relativamente recientes. Sólo para resumir estos argumentos, basta decir que Velikovsky, tomando como base datos geológicos, antiguas observaciones astronómicas y crónicas de diversas civilizaciones, llegó a la conclusión de que la Tierra había sufrido tremendos cataclismos ligados al paso errático del planeta Venus (en su fase de cometa) por el sistema solar, y todo ello en unas fechas tan recientes –en términos geológicos–como el 1500 a. C. y el 700 a. C. aproximadamente. Este evento no sólo habría causado gran muerte y destrucción sino que habría alterado incluso la rotación del planeta hasta pararlo y modificar el año de rotación alrededor del Sol, que habría pasado de los 360 a los actuales 365 días[1].

A su vez, Charles Hapgood propuso que la Tierra habría sufrido un súbito cambio en su eje hace miles de años, a causa de un desplazamiento de la astenosfera, una capa semisólida de la corteza terrestre, si bien no podía determinar con certeza cuál había sido el origen de tal movimiento. Este evento se habría traducido en un desplazamiento de los polos, un enorme proceso de deshielo y en suma un cataclismo global, en el cual –por ejemplo– el continente que estaba situado en medio del Atlántico se desplazó al polo sur, formando lo que es la actual Antártida. Y lo que es más, Hapgood creía que esto no había sido un hecho aislado sino que se había repetido de forma cíclica. Según sus investigaciones, estas alteraciones habrían ocurrido cada 20.000 ó 30.000 años, con una duración media de unos 5.000 años, provocando una fuerte inclinación del eje terrestre, aunque nunca superior a los 40º. Como resultado de estos movimientos, Hapgood determinó que el polo norte habría cambiado de posición por lo menos tres veces en el hemisferio norte en los últimos 100.000 años.

Estas teorías, lanzadas en los años 50 y 60 del pasado siglo, fueron duramente atacadas y rebatidas por el estamento académico con argumentos de todo tipo, pero básicamente aludiendo a la falta de pruebas mínimamente fiables. No obstante, en los años 90, el investigador escocés Graham Hancock recogió el guante del catastrofismo y volvió a promover este tipo de propuestas en su libro Fingerprints of the Gods (“Las huellas de los dioses”), si bien no pudo aportar mayores razonamientos que los ya expuestos por los autores citados. Como era de esperar, Hancock fue blanco de todas las críticas académicas por este revival de las teorías apocalípticas y más aún por el hecho de que ligaba la existencia de una gran catástrofe natural –ocurrida hace unos 12.000 años– a la desaparición de una avanzada civilización perdida que inevitablemente se relacionaba con la tan denostada Atlántida.

Magicians of the Gods (2015), de G. Hancock
Así las cosas, Hancock nunca se acabó de rendir, y en estos últimos años ha vuelto con fuerza a defender la tesis de un catastrofismo global en fechas no demasiado antiguas y que tuvo un enorme impacto sobre la Humanidad. No obstante, esta vez Hancock ha aportado nuevos argumentos y ha dejado en segundo plano las referencias históricas y mitológicas para sumergirse directamente en el terreno de las ciencias duras, en particular la geología. De este modo, el autor escocés nos propuso en su reciente obra de 2015 Magicians of the Gods (“Los magos de los dioses”) un sólido escenario científico que podría dar cobertura a ese catastrofismo a gran escala que la ciencia ortodoxa se niega a reconocer.

Lo que Hancock planteaba como base para su propuesta no está muy lejos de lo que Hapgood expuso hace medio siglo; esto es, que la Tierra sufrió un dramático y rápido deshielo de una masa ingente de hielo polar, con consecuencias nefastas en el hemisferio norte, y de rebote en el resto del planeta. Este deshielo habría supuesto, entre otras cosas, el notable aumento del nivel de los mares y océanos (una media de unos 125 metros), anegando enormes porciones costeras de todos los continentes[2], aparte de otros desastres naturales de gran magnitud. Esto habría sucedido aproximadamente hacia el 10.000 a. C., justo antes del arranque del proceso de neolitización y posterior civilización.

A partir de este punto, Graham Hancock desarrolló una investigación para determinar en qué periodo exacto se produjo la catástrofe y cuál fue el motivo último o el origen de ese deshielo, a fin de esclarecer la auténtica naturaleza del cataclismo. Así pues, Hancock pudo poner sobre la mesa una serie de datos científicos que no estaban disponibles cuando escribió Fingerprints (1995) y que se han ido acumulando en los últimos 20 años. Vamos a repasar a continuación todo este argumentario para sopesar la validez de este escenario neo-catastrofista y sus implicaciones en la historia de la Humanidad.

Hancock focalizaba su atención en el continente americano, con el objetivo de vincular las antiguas tradiciones nativas con los datos que nos pueden ofrecer los modernos estudios geológicos. En este sentido, constataba que en toda América del norte existen aún numerosas leyendas que hacen referencia a tremendas destrucciones y mortandades en forma de terremotos, inundaciones, diluvios, fenómenos celestes, etc. Y en muchas de estas historias está presente la descripción de un gran cometa o astro destructor que se precipitó sobre la Tierra. Estos relatos vendrían a coincidir con lo que los geólogos norteamericanos han apreciado sobre el terreno: que al final de la última era glacial, concretamente en el periodo llamado Dryas Reciente, tuvieron lugar inundaciones y cataclismos en buena parte de Norteamérica, si bien no se tiene una idea clara del alcance y magnitud de este desastre natural, ni tampoco del elemento más importante: la causa de la catástrofe.

Mapa de situación de los Scablands
A este respecto, Hancock rescató el trabajo de un geólogo apartado de la corriente principal académica que a inicios del siglo XX formuló una propuesta de lo que podía haber sucedido, a partir de sus observaciones en el estado de Washington (al noroeste de los EE UU). Este geólogo se llamaba J. Harlen Bretz y en la década de 1920 fijó su atención en un típico paisaje llamado Scablands, unos vastos terrenos y canales rocosos marcadamente agrietados y erosionados, como si fueran cicatrices. Además, Bretz observó unos grandes bloques de piedra aislados –llamados en inglés boulders– de un peso que podría superar incluso las 10.000 toneladas. Dichos bloques, generalmente de basalto, no pertenecían al contexto geológico de la región, sino que presumiblemente habían sido llevados allí por enormes icebergs que luego se fundieron. Según su punto de vista, en aquel lugar había ocurrido un tremendo evento hidrológico de gran magnitud que cesó abruptamente. Tras comprobar esta evidencia, Bretz quedó del todo convencido de que allí no había existido un proceso geológico gradual sino una súbita catástrofe de dimensiones bíblicas –en forma de enormes corrientes de agua– que cambió completamente el paisaje en relativamente poco tiempo, si bien no pudo formular una propuesta firme sobre el origen de la catástrofe.

La reacción del estamento académico ante esta propuesta fue de escepticismo cuando no de abierta oposición, pues un escenario de “Diluvio Universal” no era en absoluto contemplado por los geólogos, en su casi totalidad gradualistas. Bretz fue duramente criticado, refutado y marginado, y sus ideas cayeron en el olvido durante décadas hasta que a finales del siglo XX empezaron a surgir nuevos datos y nuevas investigaciones que planteaban de forma más o menos explícita la huella de una gran catástrofe acaecida en Norteamérica. Bretz fue reivindicado antes de su muerte en 1981 y se admitió que los Scablands encajaban más en un escenario catastrofista que en uno gradualista. A este respecto, el estamento académico acabó por admitir que gran parte del paisaje de los Scablands pudo haber sido causado por el desbordamiento periódico –a lo largo de miles de años– del cercano lago glacial Missoula.

Dry Falls, un enorme salto de agua (ahora seco) en los Scablands del estado de Washington (EE UU)


Con todo, quedaban aún muchas piezas para acabar de componer el rompecabezas y Hancock se preocupó de buscarlas y conectarlas para ofrecer una perspectiva realista y rigurosa de esa posible gran catástrofe. Para Hancock, la clave de todo este asunto se movía en torno al ya citado periodo del Dryas Reciente, del cual se sabe relativamente poco. Se trata de una época de cambio climático inesperado y abrupto que duró poco más de mil años. Lo que se conoce a grandes rasgos es que después de un periodo de progresivo calentamiento al final de la Edad del Hielo, hace entre 15.000 y 13.000 años, de repente el clima global se invirtió fuertemente, volviendo a un ambiente de marcado frío y sequedad, sin que se tenga certeza la causa de esta reversión, más allá de las hipótesis. Y justamente aquí es cuando aparece en escena una propuesta científica defendida por una minoría de científicos y que no había sido estudiada a fondo hasta hace relativamente poco: el cometa del Dryas Reciente, también llamado cometa Clovis (denominación que sugiere que el cometa fue el causante directo de la desaparición de la cultura prehistórica Clovis[3]).

¿Un cometa devastador hace 12.800 años?
Para centrar la cuestión, hay que señalar que la gran mayoría del estamento académico rechaza esta propuesta –por ser evidentemente catastrofista– y la ha enviado al terreno de las hipótesis sin fundamento. No obstante, desde inicios de este siglo XXI se han ido recogiendo numerosas pruebas que apuntan todas en la misma dirección: un evento catastrófico de enormes proporciones. Básicamente, lo que defienden estos científicos es que hace 12.800 años un gran cometa se precipitó sobre la Tierra y se desintegró en varios fragmentos al llegar a la atmósfera, cayendo la mayoría de éstos en la zona noreste de Norteamérica (el epicentro) y causando en muy poco tiempo una cadena de desastres de gigantescas dimensiones.

Así pues, Graham Hancock creyó haber dado aquí con la respuesta que buscaba: un desastre global de origen cósmico que pudo convertirse en el referente real de todas las posteriores mitologías sobre el Diluvio Universal. Para resumir, los argumentos esgrimidos por los científicos son los siguientes:
  • En varios asentamientos de la cultura Clovis, el químico nuclear Richard Firestone detectó la presencia de una delgada capa de sedimentos con trazas de partículas magnéticas con iridio, microesférulas magnéticas, hollín, esférulas de carbono, y sobre todo carbón vitrificado que contenía nano-diamantes[4]. Sólo unas condiciones de enormes temperaturas (por encima de 2.200º C), típicas de impactos de cometas o asteroides, son capaces de crear tales materiales. Asimismo, se han observado capas geológicas con idénticos restos en diversos puntos de Norteamérica y también en otros continentes. En varios estudios geológicos datados entre 2010 y 2014 se incide en la presencia de materiales fundidos a altísimas temperaturas en América, Europa y Asia.   
  • Según Jim Kennet, oceanógrafo de la Universidad de California, existen huellas bioquímicas sobre el terreno que certifican que América del Norte sufrió tremendos incendios que arrasaron gran parte de su biomasa y que acabaron directamente o indirectamente con la gran megafauna de la época. Asimismo, según pruebas arqueológicas aportadas por el arqueólogo Al Goodyear, la catástrofe natural redujo drásticamente la población de la cultura Clovis en un 70%. 
Paisaje desolado de los Scablands
  • Varios científicos, seguidores del camino emprendido por Bretz, han señalado que las enormes corrientes de agua detectadas en los Scablands no pudieron ser causadas por el desbordamiento del citado lago glacial Missoula –con una capacidad de unos 2.000 kilómetros cúbicos de agua– sino por un volumen de agua muchísimo mayor. El geólogo Warren Hunt cree que fue la fusión de la propia masa de hielo la que provocó el desastre, por lo menos unos 840.000 kilómetros cúbicos (una décima parte del total de la capa de hielo). Y no hay fuente de calor terrestre capaz de desatar tal fenómeno a esa escala gigantesca; sólo la energía cinética de un cometa podría tener esa capacidad.  
  • Existen paisajes muy similares a los Scablands de Washington en otras zonas de Norteamérica, como en particular la meseta de Columbia, así como en el río Saint Croix (Minnesota) y determinadas regiones de los estados de New Jersey y New York, con la presencia inequívoca de boulders, los grandes bloques errantes aislados no propios de la geología del lugar.

A partir de estos datos, los científicos han reconstruido un escenario global catastrófico que podría describirse del siguiente modo:

Dos enormes boulders ("Twin Sisters")
Hace unos 12.800 años un gran cometa, que podría haber tenido un diámetro de unos 100 kilómetros, llegó a nuestro planeta y se desintegró sobre América del Norte en múltiples fragmentos. Varios de ellos habrían impactado sobre la llamada capa de hielo Laurentino, que cubría buena parte del continente durante el Pleistoceno. Se cree que al menos hubo cuatro grandes impactos a cargo de imponentes fragmentos, que tendrían alrededor de dos kilómetros de diámetro. Las estimaciones de los geólogos apuntan a que la energía cinética desatada en conjunto tenía una potencia equivalente a 10 millones de megatones. Estos impactos causaron la casi inmediata fusión de la gruesa capa de hielo acumulada en aquella región, lo que condujo a dramáticas consecuencias al crear unas enormes corrientes de agua que fluyeron de norte a sur en forma de inundaciones colosales y que se llevaron por delante todo lo que encontraron[5].

Asimismo, tuvieron lugar otros fenómenos colaterales no menos graves. Por ejemplo, la fusión del hielo produjo que una cantidad enorme de agua dulce se vertiera en los océanos Ártico y Atlántico, lo que provocó un descenso de la salinización de los mares, y un enfriamiento de la superficie marina, alterando en consecuencia la circulación de las corrientes oceánicas. A su vez, el propio impacto causó una devastadora onda de choque y una liberación de energía que abrasó literalmente bosques y todo tipo de vegetación. Se produjeron fortísimos vientos y sismos. El intensísimo calor liberado provocó la transformación de  algunos elementos, especialmente en forma de esférulas vítreas y nano-diamantes. El cielo quedó completamente cubierto de partículas, que –en combinación con la enorme cantidad de vapor de agua liberado– formaron una nube de polvo y ceniza que tapó la radiación solar durante mucho tiempo, lo que sumió al mundo en la oscuridad y un progresivo enfriamiento.

Pero de ningún modo fue un evento local. Los efectos directos e indirectos de los impactos cubrieron una amplia zona de unos 50 millones de km.2 que englobaría toda América del Norte, Centroamérica, una porción de Sudamérica, el Atlántico norte, la práctica totalidad de Europa y buena parte de Oriente Medio[6]. De este modo, el fenómeno provocó un rápido cambio climático a escala planetaria en el transcurso aproximado de una generación humana, lo que sería de hecho el inicio y la causa del propio Dryas Reciente, una época convulsa de intenso frío y sequedad, que provocó la extinción de numerosas especies animales y puso la supervivencia humana contra las cuerdas, a la vez que impulsó a determinados cambios en las estrategias de subsistencia, lo que abriría la puerta a una nueva era en la historia de la Humanidad.

¿Una explicación científica para el mítico Diluvio?
En cuanto al final del Dryas Reciente, Hancock recogía dos versiones que pueden ser complementarias. Por un lado, es posible que los cielos se despejaran completamente después de 1.000 años, lo que habría permitido la vuelta a una radiación solar “normal”, favoreciendo el progresivo calentamiento del planeta. Por otro lado, se especula con que hace 11.600 años la Tierra se volviera a encontrar con los restos del cometa, aunque en esta ocasión los fragmentos habrían caído fundamentalmente sobre los océanos, causando una enorme cantidad de vapor de agua que habría provocado un efecto invernadero y un consiguiente aumento de las temperaturas. El resultado final fue un segundo desastre natural, pues se acabó por fundir la capa de hielo remanente, lo que provocó a su vez una notable subida del nivel de los mares. Y, por cierto, esa fecha (hacia el 9.600 a. C.) viene a coincidir con la fecha dada por Platón en sus diálogos sobre el final cataclísmico de la Atlántida.

A todo esto, hay que insistir en que el estamento académico no da ninguna credibilidad a esta teoría e incluso algunos reputados científicos se han dedicado a escribir artículos específicos para refutar y ridiculizar a los proponentes del Cometa Clovis. Para empezar, algunos críticos han apuntado a que no hay un cráter –o varios de ellos– que puedan avalar el impacto del cometa. Sin embargo, en opinión del geofísico Allan West, los fragmentos más pequeños se pudieron haber desintegrado antes de llegar al suelo sin dejar rastro mientras que los más grandes impactaron contra una enorme capa de hielo de más de dos kilómetros de espesor. Esto habría provocado que el cráter hubiese quedado rodeado por un muro de hielo y  que posteriormente se hubiese fundido al final de la era glacial, sin dejar prácticamente ninguna huella.

Aún así, en algunas regiones de Canadá se han identificado posibles restos de cráteres de cientos de metros de diámetro atribuibles al cometa Clovis. Uno de los más llamativos es el llamado cráter Corossol –situado en el golfo de San Lorenzo– que tiene 4 kilómetros de diámetro y está bajo las aguas, a una profundidad que oscila entre 40 y 125 metros. En principio se creía que su origen era muy antiguo, de unos 470 millones de años, pero pruebas recientes realizadas in situ demostraron que era mucho más moderno, ya que la base de la secuencia de sedimentos ofrecía una cronología que podría estar alrededor de los 12.900 años de antigüedad.

Graham Hancock
Con todo, se puede apreciar que existe un alarmante sesgo o manipulación a la hora de valorar otras pruebas que se muestran mucho más sólidas que los dudosos cráteres. Así, algunos geólogos ortodoxos decían haber sido incapaces de reproducir los resultados obtenidos por sus colegas heterodoxos en siete yacimientos, habiendo usado los mismos protocolos metodológicos. Dicho de otro modo, no habían encontrado ninguna esférula sospechosa en las capas referidas a la época del Dryas Reciente. No obstante, como cita Hancock en su libro, un estudio independiente[7] impulsado en 2012 a fin de despejar la controversia destapó que los puntos donde habían extraído las muestras los escépticos no coincidían con los lugares previamente excavados; o sea, las muestras no eran equivalentes. Así pues, cuando el equipo independiente excavó en las localizaciones adecuadas, sí se encontraron las esférulas y se pudo confirmar que se formaron por fusión de minerales terrestres sometidos a altísimas temperaturas. Visto lo cual, la supuesta objetividad de la ciencia predominante queda más bien en entredicho.

En todo caso, la polémica está lejos de cerrarse y sobrevive aún en las disputas geológicas, mientras que el mundo de la arqueología académica no parece inmutarse ni preocuparse por esta teoría herética catastrofista. Personalmente, considero que las pruebas acumuladas hasta la fecha tienen un peso importante, si bien serían necesarios estudios más profundos para confirmar la hipótesis. Por el momento, la teoría catastrofista parece aportar muchas posibles respuestas a interrogantes largamente planteados sobre el final del Paleolítico y la gran megafauna y la posterior transición a una nueva forma de vida productora (el Neolítico y la civilización).

Sea como fuere, para Graham Hancock, este escenario del cometa es completamente posible y –si bien no puede demostrarlo– podría haber sido la causa de la desaparición de una ignota y avanzada civilización, teniendo en cuenta que los efectos del Diluvio descritos en las mitologías de muchas antiguas culturas muestran un marcado paralelismo con los efectos del impacto de un enorme cuerpo celeste. En este sentido, el autor escocés se remite a las incipientes muestras de civilización que podemos observar por ejemplo en Göbekli Tepe (hacia el 9.500 a. C.), que serían la prueba del renacer de la civilización perdida, cuyos escasos supervivientes –llamados los sabios, los magos, o los resplandecientes– volverían a recorrer los confines de la Tierra para recuperar al menos parcialmente lo que se había perdido con el gran cataclismo, ofreciendo las semillas de la civilización a los pueblos primitivos...

© Xavier Bartlett 2018

Fuente imágenes: Wikimedia Commons / Santha Faiia (foto de G. Hancock)



[1] Según afirmaba Velikovsky, muchas culturas antiguas utilizaban un calendario basado en un año de 360 días, a los que luego hubo que adjuntar unos días especiales.

[2] Este ascenso del nivel de las aguas está reconocido por la ciencia moderna, si bien no de una forma generalizada ni súbita ni tan catastrófica como defienden los autores alternativos.

[3] Cultura de la Edad de Piedra, la más antigua del continente reconocida por la ciencia ortodoxa y que está datada alrededor del 11.000 a. C. aproximadamente. Toma su nombre del yacimiento de Clovis (Nuevo México).

[4] Diamantes microscópicos que se forman en condiciones extremas de gran impacto, presión y temperatura y que son tomados por los científicos como indicadores de potentes impactos de asteroides o cometas.

[5] Se estima, de igual modo, que algunos fragmentos impactaron sobre la capa de hielo que cubría el norte de Europa, causando también la fusión parcial de los hielos en aquella zona.

[6] El alcance del evento fue delimitado por un estudio publicado en 2013 sobre la presencia de 10 millones de toneladas de esférulas en todos estos lugares, coincidiendo en una datación de 12.800 A.P.


[7] Malcolm A. Le Compte, Albert C. Goodyear et al, Independent Evaluation of Conflicting Microspherule Results from Different Investigations of the Younger Dryas Impact Hypothesis, PNAS, 30 October 2012, Vol. 109, No. 44, pp. E29609.