martes, 24 de junio de 2014

¿Dónde están las momias de los faraones?



Introducción


A lo largo de unos 3.000 años de Egipto dinástico (desde Menes hasta los últimos monarcas del periodo ptolemaico) se sucedieron docenas y docenas de faraones, algunos efímeros y otros de gran longevidad en el trono, pero todos ellos compartieron, lógicamente, un mismo fin: acabaron momificados y enterrados en sus respectivas tumbas reales para viajar al Duat, el reino de ultratumba del dios Osiris. 

Por lo menos esto es lo que suponemos que sucedió en todos o casi todos los casos, pues el número de pruebas físicas de restos inequívocos de faraones no se corresponde con el listado de reyes conocidos. Dicho de otro modo, se han hallado e identificado con certeza bastantes momias (o restos de momias) de faraones pero lamentablemente hay una larga lista de faraones cuyos restos mortales permanecen “desaparecidos” o bien “no identificados”. De hecho, se han encontrado algunas momias que no se han podido atribuir con seguridad a un rey concreto, e incluso se puede dar el caso de que se trate simplemente de enterramientos intrusivos posteriores. Así pues, ¿dónde están estos cuerpos? ¿Fueron robadas o destruidas muchas de las momias reales ya en tiempos antiguos? En este artículo vamos a intentar arrojar un poco de luz sobre este tema, que ha sido objeto de polémica a raíz de algunas propuestas de la arqueología alternativa, que por boca de algunos autores ha insistido en que nunca se han encontrado momias reales dentro de ninguna pirámide.

La joven ciencia de la Egiptología empezó a descubrir tumbas de faraones ya a mediados del siglo XIX, y se pudo establecer que las tres estructuras funerarias típicas para los enterramientos de reyes eran la mastaba, la pirámide y el hipogeo. Y en efecto, se descubrieron momias reales en mastabas (principalmente de las primeras dinastías), así como en hipogeos, tumbas subterráneas típicas del periodo del Imperio Nuevo. Cabe destacar que en el caso de muchos faraones del Imperio Nuevo, sus momias no se hallaron en sus respectivas tumbas –sitas en el llamado Valle de los Reyes– dado que, a causa de los continuos saqueos, los sacerdotes se vieron forzados a reubicarlas en una tumba de principios del primer milenio antes de Cristo, que se acabó convirtiendo en una especie de escondite denominado actualmente DB320. En efecto, allí se encontraron en 1860 los restos mortales de más de cincuenta miembros de la realeza y la nobleza.

Sin embargo, con las pirámides sucedió otra cosa: en su gran mayoría aparecieron vacías... no sólo de ajuares, tesoros u otros objetos sino también de restos humanos. Esto no quiere decir que las otras estructuras hubieran sido más seguras, pues como acabamos de mencionar casi todos los hipogeos también habían sido asaltados ya en época de los faraones y muchas momias reales habían sido profanadas[1]. Sea como fuere, durante décadas y desde posiciones alternativas, que podríamos adscribir a la denostada piramidología, se ha hecho mucho hincapié en la ausencia de momias reales en las pirámides. Para una legión de críticos a la Egiptología ortodoxa, no se han encontrado momias simplemente porque tales estructuras no fueron diseñadas originalmente para albergar el cuerpo presente del faraón, sino para otros propósitos. Y aquí es donde arranca la controversia, que en realidad son dos: En primer lugar: ¿dónde están las momias? Y en segundo lugar, ¿podemos asegurar que las pirámides cumplían una finalidad funeraria (aunque no exclusivamente funeraria)?

La visión de la egiptología


Lo que los defensores de la ortodoxia argumentan a favor de la consolidada teoría de la pirámide-tumba se fundamenta en dos tipos de pruebas: por un lado, la relación directa de la pirámide con una serie de construcciones del ámbito funerario-religioso, lo que se ha venido a llamar el complejo piramidal, que se remonta ya a la primera pirámide (la pirámide escalonada de Djoser) y que se prolonga prácticamente hasta el fin de la era de las pirámides. Por otro lado, tendríamos lo que es propiamente la existencia de ítems inequívocamente funerarios en la llamada cámara sepulcral, entre los cuales se incluye la presencia de sarcófagos y de restos humanos (ya sean momias o simplemente huesos).

Aparte de estas referencias directas a las pruebas físicas, la egiptología ha construido un discurso lógico en torno a la transición “natural” de la mastaba a la pirámide. El eminente experto en pirámides I. E. S. Edwards aduce que la forma piramidal era la respuesta apropiada a una necesidad de tipo ritual. Así, los Textos de las Pirámides, a los que la egiptología ha dado siempre un valor religioso-mágico-funerario, recogerían la razón de ser de la pirámide: según ciertas declaraciones de estos Textos, el faraón precisaba de una escalera al cielo para alcanzar la vida inmortal. Para reforzar esta relación, Edwards hace hincapié en que la palabra egipcia para designar la pirámide era m(e)r, que significa “lugar de ascensión” u “objeto utilizado para ascender”. En su opinión, este escenario tiene sentido ya que:

«Al ser el propietario de la pirámide, el rey podría subir al cielo cuando quisiera y regresar a su tumba con el fin de disfrutar de las ofrendas que le habían traído sus sacerdotes y familiares.»[2]

Asimismo, según el egiptólogo Mark Lehner, la pirámide era un motor cósmico que permitía el ascenso del faraón fallecido (Osiris) a los cielos, al tiempo que se producía la transmisión de su carácter divino al nuevo faraón (Horus). Además, la pirámide tenía una clara conexión con el culto solar. Toda la pirámide, y en particular su vértice superior llamado «piramidión» era una materialización en piedra de los rayos solares a través de los cuales el rey alcanzaba en el más allá un estado de pureza o perfección.

De este modo, la egiptología considera que a la vista de las pruebas y de los propios testimonios de los egipcios, no hay ninguna duda de que las pirámides tuvieron una función funeraria (aunque también atesoraban una función simbólica o ritual[3]) y que las momias de los faraones fueron depositadas en ellas. Otra cosa, por supuesto, es que tales momias hayan llegado incólumes e in situ hasta nuestros días. Cualquier alusión a que las pirámides nunca fueron tumbas o que la ausencia de momias es muy sospechosa es tomada como una afrenta o una bravata propia de ignorantes (de hecho, los piramidólogos son tachados cariñosamente de piramidiotas por parte de algunos académicos). Sin embargo, no todo es tan simple como parece, ni por un lado ni por otro, y para ello vamos a proponer seguidamente una serie de reflexiones sobre los argumentos que aportan unos y otros sobre la controversia.

Las pruebas


Vayamos en primer lugar a valorar lo que sería el conjunto de pruebas físicas que supuestamente ratifican la teoría de la pirámide-tumba. Como ya se ha mencionado, la pirámide era un elemento más, posiblemente el más destacado y el más imponente desde el punto de vista arquitectónico, de un conjunto monumental funerario compuesto de estas partes, si bien no todas estaban necesariamente presentes: 1) Un gran recinto que englobaba el complejo; 2) La propia pirámide principal; 3) La pirámide satélite; 4) Pirámides subsidiarias (“o de reinas”); 5) El templo funerario; 6) El templo del valle; y 7) La calzada de acceso.

Por supuesto, la pirámide tenía su estructura interna que incluía una cámara sepulcral (aparte de otras estancias o pasadizos), al igual que la había tenido su antecesora la mastaba, y era este el lugar destinado a alojar el sarcófago y los restos mortales del rey. Además, también tenemos el serdab, otro elemento relacionado con el rey difunto, que consistía en una pequeña cámara en la que se alojaba una estatua del faraón, a modo de doble para su espíritu. Por otro lado, los ya mencionados Textos de las Pirámides que aparecen en el interior de algunas pirámides (de la V a la VIII dinastía) también serían una muestra de la finalidad funeraria de la propia pirámide.

Si repasamos ahora los conjuntos piramidales desde la pirámide escalonada de  Djoser (III dinastía) hasta las últimas pirámides del Imperio Medio, veremos que la presencia de los templos (el funerario y el del valle) es un hecho habitual, aunque a veces apenas queden unos pocos restos de tales estructuras, por ejemplo, el pavimento.

Y ya en el ámbito de la propia pirámide principal, y si nos referimos al interior de la cámara sepulcral, se encontraron sarcófagos en las pirámides de Djoser,  Sekhemkhet, Nebka, Meidum, Khufu, Khafre, Menkaure, Unas, Teti, Pepi I, Pepi II, Neferefre, Djedkare Isesi, Senuseret II, Senuseret III, Amenemhet III, y Khendjer. Ahora bien, en cuanto a la presencia de momias (o restos de ellas), la lista se hace un poco más reducida:

-         Pirámide Roja: restos momificados atribuidos a Sneferu.
-         Pirámide de Menkaure: momia hallada en sarcófago.
-         Pirámide de Merenre: momia hallada en el sarcófago atribuida al faraón.
-         Pirámide de Neferefre: momia atribuida al faraón
-         Pirámide de Djekare Isesi: restos momificados atribuidos al faraón.

Hay que hacer notar que aparte de estos hallazgos, podemos añadir algunas otras pruebas adicionales en forma de restos mortales de reinas, vasos canopes[4] y ciertos fragmentos de esqueleto o huesos aislados que se hallaron por ejemplo en las pirámides de Djoser, Unas, Teti, Pepi I o Mentuhotep II, algunos de los cuales no han llegado hasta nuestros días.

Por supuesto, a continuación surge la cuestión de si estos restos pertenecen a los “titulares” de las pirámides o bien forman parte de enterramientos intrusivos posteriores, lo que se viene defendiendo desde posiciones heterodoxas. A tal argumento responde la egiptología de forma contundente afirmando que los enterramientos intrusivos existieron (por ejemplo, en el caso de la pirámide de Netjerkhet o en la de Menkaure[5]), pero que fueron la excepción. 

A este respecto, es justo reconocer que las primeras investigaciones (sobre todo en el siglo XIX y principios del XX), realizadas con poca o nula metodología, resultaron bastante confusas. Los egiptólogos estaban ansiosos por encontrar los cadáveres reales y cualquier resto óseo hallado solía asignarse precipitadamente al faraón de turno. Así, en la pirámide de Djoser se encontraron varios huesos y restos momificados, pero los estudios más modernos demostraron que los restos pertenecían a más de una persona y que ninguno de ellos databa del Imperio antiguo, sino de época saíta.

Ahora bien, según estudios de tipo antropológico y algunas dataciones realizadas mediante carbono-14, se puede concluir que al menos en dos casos los restos humanos hallados en cámaras sepulcrales son indiscutiblemente pertenecientes a los faraones propietarios de la pirámide: se trataría de los faraones Neferefre y Dejkare Isesi (ambos del Imperio Antiguo). Por otro lado, existen dudas acerca de las momias de Merenre y de Senuseret II. Sobre otros restos menores, se han dado por buenas las identificaciones de los faraones Iput, Pepi I, Mentuhotep II y Amenenhet III.

Por lo tanto, aquí podríamos cerrar la supuesta polémica y dar por hecho que las pirámides sí alojaron las momias reales y que el hecho de que hayan llegado tan pocos restos a nuestra época se debe principalmente a la acción de los saqueadores de tumbas no sólo en la misma era dinástica egipcia, sino también durante los siglos posteriores, lo que en conjunto viene a ser un periodo de unos 4.700 años, si bien es razonable conceder que en época árabe prácticamente ya no debía quedar nada por saquear. 

Finalmente, para las personas que deseen profundizar un poco más en la versión académica de esta cuestión, recomiendo la lectura del artículo -disponible en Internet- del egiptólogo José Miguel Parra "Las momias de las pirámides", en Espacio, Tiempo y Forma, Serie II, Historia Antigua, t. 24, 2011, págs. 211-226. 

Los cabos sueltos


Sin embargo, existen algunos elementos interesantes que no deberían ser pasados por alto y que plantean algunos interrogantes que tal vez no han sido adecuadamente abordados por la egiptología con relación a la teoría de la pirámide-tumba. Vamos a repasarlos seguidamente.

En primer lugar, la motivación que impulsó el cambio de la mastaba a la pirámide a partir de la III dinastía  no está del todo clara. La interpretación convencional sobre esta evolución nos remite a los Textos de las Pirámides, que no aparecen por escrito hasta la pirámide de Unas (último rey de la V dinastía), si bien los expertos coinciden en afirmar que recogían una tradición muy antigua, del mismo inicio de la era dinástica. De todos modos, ¿por qué en un momento dado se impone la necesidad de la escalera al cielo, rompiendo el habitual tipo de enterramiento real en mastaba? De hecho, la mastaba siguió usándose como tumba para personajes reales ya bien entrada la era de las pirámides. ¿A qué se debe esta dualidad? ¿Y por qué consta bien claramente el nombre del difunto en las mastabas y no en las primeras pirámides (dinastías III y IV), que son monumentos prácticamente mudos? Unos edificios funerarios tan imponentes deberían contener el nombre del faraón de forma ostensible, y no es éste el caso[6]. Por otro lado, la base típica rectangular de la mastaba es sustituida por la base cuadrada de la pirámide[7].

En segundo lugar, el propio hecho de construir una pirámide, que es un monumento de enormes dimensiones, para alojar una tumba puede parecer un esfuerzo más bien inútil para proteger la momia del faraón. Ya sea una pirámide de 30 o de 140 metros de altura, es un marcador perfecto para situar la localización de una tumba; no hay nada más visible en el horizonte para un observador con malas intenciones. Por lo tanto, las pirámides deberían haber sido prácticamente inexpugnables, independientemente de que hubiera soldados, funcionarios o sacerdotes custodiando la morada del faraón difunto durante cierto tiempo. Sin embargo, ni siquiera las tres colosales pirámides de Guiza resultaron seguras para proteger la tumba real.

A este respecto, el investigador independiente Scott Creighton[8] hacía una interesante reflexión: la madre del faraón Khufu, la reina Hetepheres, fue enterrada en una profunda tumba de pozo (a 20 metros por debajo de la superficie), la cual fue hallada perfectamente intacta en los años 20 del pasado siglo. Entonces, si Khufu conocía otras modalidades de tumba más eficaces para proteger los restos mortales:

1)      ¿Por qué no recurrió a ese tipo de tumba mucho más discreta? 
2)      ¿Por qué no hizo su pirámide más segura, prácticamente inviolable?

Las respuestas a estas dos preguntas se quedan en el aire, pero está claro que si el cenit de las pirámides lo situamos en la pirámide de Khufu, no es de esperar que el resto de pirámides (sobre todo posteriores), de una factura bastante menos consistente, fueran a mejorar el tema de la seguridad de forma sustancial. No obstante, el propio Creighton apunta a varios hechos que demuestran que sí se podría haber realizado un monumento mucho más hermético, que fuera un reto casi imposible de afrontar para los saqueadores más “profesionales”. Por ejemplo, resalta los siguientes puntos:

-    Existe una serie de corredores excavados en el exterior de la Gran Pirámide que replican la propia estructura interna de la pirámide.
-    El corredor descendente (de acceso al interior del monumento) se pudo haber bloqueado del todo rellenándolo con piedras y cascotes, pero no se hizo.
-    La entrada al corredor ascendente estaba marcada con una piedra prismática que se podía distinguir bien del resto de bloques circundantes.
-    El sistema de protección de tipo “rastrillo” de la antecámara –con tres grandes losas de granito– no era muy seguro, pues había un cuarto bloque que podía emplearse como contrapeso para alzar cada una de las tres losas.

Así pues, la construcción de una pirámide no ofrecía muchas más ventajas, en términos de seguridad, que una tumba de otro tipo, y ya hemos comentado el devastador efecto de los saqueos en todas las tumbas reales, en cualquier época. Con todo, nos quedan las palabras del historiador griego Heródoto, según las cuales el faraón Khufu no se enterró en el interior de su pirámide sino debajo de ella, en una cámara subterránea rodeada de agua.

A partir de este dato, vamos a formular la última reflexión sobre el paradero de las momias, planteando un escenario en que las pirámides no albergaran necesariamente el cadáver del faraón. ¿Sería posible que las momias de muchos faraones del Imperio Antiguo no hubiesen estado nunca en sus pirámides sino en otros lugares?[9] Dicho de otro modo, ¿existe la posibilidad de que las momias no hubieran sido robadas o destruidas por los asaltantes sino que nunca fueran halladas, desde la remota Antigüedad hasta nuestros días? 

A este respecto hay algunos hechos ciertamente desconcertantes que invitan a un estudio más profundo. Me refiero al hallazgo de supuestas tumbas intactas y selladas en las que no se encontró ningún cadáver. Ya hemos mencionado la tumba de pozo de la reina Hetepheres, madre de Khufu, que se halló cerca de la gran Pirámide de su hijo. Pues bien, esta tumba es uno de los grandes misterios de la egiptología, pues pese a haberse comprobado que en efecto nadie la había profanado desde los mismos tiempos de Khufu, la momia de Hetepheres no apareció por ninguna parte. La tumba tenía sus sellos intactos y en la cámara sepulcral se halló un sarcófago (vacío) más los vasos canopes, aparte de un rico ajuar compuesto por diversos objetos. Pero la momia jamás se encontró y ello dio lugar a dos posibles explicaciones: o bien la tumba original estuvo en otro lugar y fue asaltada, tras lo cual Khufu trasladó allí lo que había quedado, o bien se trataba de la auténtica tumba, siendo luego el cuerpo trasladado a otra ubicación, quizá a una pirámide “de reina”, donde acabó siendo objeto de otro saqueo. 

En todo caso, la cuestión de una tumba intacta sin momia tiene su máximo exponente en la pirámide de Sekhemkhet, faraón de la III dinastía, y propietario de una pirámide escalonada que fue excavada a mediados del siglo XX por el arqueólogo egipcio Zakaria Goneim y luego por el francés J. P. Lauer. Cuando se accedió a la cámara sepulcral, se encontró allí un inusual sarcófago de alabastro con apertura lateral en uno de sus extremos, mediante una losa deslizante. El sarcófago estaba sellado y aún rodeado de guirnaldas, lo que hizo presagiar un gran descubrimiento, pues no se había encontrado hasta la fecha ninguna tumba del Imperio Antiguo intacta. Lamentablemente, después de haber convocado a bombo y platillo a autoridades y medios de comunicación, se abrió el sarcófago y se comprobó que estaba vacío. Si alguna vez estuvo enterrado allí el faraón, eso no lo sabremos nunca.

Nuevamente podemos acudir aquí a explicaciones semejantes al caso de Hetepheres, pero también existe la posibilidad de que se tratase de una tumba conmemorativa o cenotafio, en la que no está presente el cuerpo del difunto. Esto no resuelve el problema de fondo, pues de alguna manera desplazamos el interrogante a otro lugar indeterminado.

Todo ello abre un escenario ciertamente especulativo en torno a dos posibles respuestas: 

1) Que por razones de seguridad u otras no determinadas, el cuerpo del faraón –una vez producido el enterramiento– se trasladase luego a otra ubicación.

2) Que el cuerpo del faraón nunca se hubiese enterrado en el interior de la pirámide sino en una tumba secreta, tal vez más segura.

Y de algún modo aquí se abre la puerta a la hipótesis de que en algunas pirámides sí se hubiera tenido lugar un enterramiento real pero no en otras, por razones que se nos escapan. También en este punto se plantea otra vez la funcionalidad primigenia de la pirámide: ¿pudo haber sido un su origen un monumento con otros propósitos y que pasado el tiempo fuese utilizado como lugar de enterramiento? Esto podría ser algo similar a lo que ocurrió con las catedrales medievales, a las que nadie confunde con “monumentos funerarios” pese a alojar en algunos casos tumbas de personajes notables, incluidos reyes y reinas.

En este ámbito, y siempre desde posiciones alternativas, se han formulado cientos de hipótesis y especulaciones sobre la supuesta función original de la pirámide: desde una especie de central energética hasta una baliza aerospacial, pasando por otras múltiples posibilidades más o menos atrevidas. También existe una corriente de pensamiento que atribuye a las pirámides (o para ser más exactos, a la Gran Pirámide de Khufu) una función de tipo metafísico o espiritual, procedente de una civilización anterior desparecida que precedió al Egipto histórico. Esta es la visión, por ejemplo, del investigador norteamericano Clesson Harvey, que –tras realizar una lectura heterodoxa de los Textos de las Pirámides– concluyó que la Gran Pirámide era un lugar de iluminación mística reservado para ciertos iniciados (los Shemsu-Hor, o seguidores de Horus) y que allí se daba el paso a otro mundo, pero no en un contexto funerario de vida-muerte física, sino en un contexto de acceso a un nivel de conciencia superior.

Asimismo, no son pocos los autores alternativos que han apreciado una dualidad entre cierto tipo de pirámides colosales, de caras lisas y realizadas enteramente con grandes bloques de piedra y otro tipo de pirámides más pequeñas, de factura más basta y perecedera, como las pirámides escalonadas y las pirámides de la 5ª dinastía en adelante. Para estos autores, tal diferencia se debería a que el primer tipo (las pirámides divinas) sería obra de una civilización previa pre-dinástica y probablemente no tendría ninguna finalidad funeraria. El segundo tipo (las pirámides humanas) sería en cambio un intento de imitar esas pirámides de los remotos antepasados por parte de los faraones y habría tenido diversas soluciones arquitectónicas en diversas épocas sin llegar nunca a equipararse totalmente con los modelos divinos. Según esta visión, la primera pirámide no hubiera sido pues la de Djoser, sino el conjunto de las grandes pirámides de Guiza.

Conclusión


A la vista de todo lo expuesto, está claro que hay restos humanos en el interior de las pirámides, aunque son más bien escasos y en muy pocos casos atribuibles sin duda ninguna a un faraón concreto. Existe, como hemos sugerido, la posibilidad de que no todas las pirámides albergaran las momias reales, aunque el efecto del saqueo es un elemento difícil de evaluar en todos los casos. Para la visión ortodoxa, esta presencia exigua de momias o huesos implicaría que los asaltantes penetraron en casi todas las cámaras sepulcrales y que los restos mortales de los faraones fueron robados, despedazados o destruidos para obtener las máscaras, joyas u otros objetos de valor adjuntos.

La otra posibilidad es que la ausencia de momias en pirámides se deba simplemente a que la pirámide no fuera una construcción funeraria en sí (o que fuese un cenotafio) y que por tanto el enterramiento tuviese lugar en otro emplazamiento. Esto implicaría que el cuerpo del faraón nunca fue depositado en la cámara “sepulcral” de su pirámide, poniendo así en duda la función intrínseca de dicha cámara e incluso de la caja rectangular que llamamos “sarcófago”. Esta hipótesis conduce forzosamente a suponer la existencia de tumbas secretas e invioladas, tal vez cercanas a la propia pirámide, aunque ello es una mera especulación. Si este fuera el caso, estaríamos hablando de tumbas y momias todavía no descubiertas, pero obviamente también sería factible que tal tipo de tumba (¿subterránea?) hubiera sido localizada y saqueada en tiempos antiguos.

Finalmente vemos que se hace complicado construir ninguna argumentación a partir de lo que nunca se ha observado o experimentado. A día de hoy, la egiptología presenta un escenario en el que casi todas las piezas encajan, y la ínfima presencia de restos humanos en el interior de las pirámides tiene una explicación razonable, a juzgar por los casos paralelos de saqueo en otros tipos de enterramiento real. Todo esto no obsta a que se planteen preguntas sobre la finalidad de las pirámides y su evidente fracaso a la hora de asegurar la inviolabilidad del cuerpo del faraón. Sea como fuere, no hay verdaderas respuestas heterodoxas a la pregunta de dónde están las momias de los faraones supuestamente enterrados en pirámides. Así pues, deberán aparecer nuevas pruebas convincentes que sean capaces de ofrecer un sólido escenario alternativo; mientras tanto, nos queda la especulación.

© Xavier Bartlett 2014


[1] Este hecho hizo destacar aún más el descubrimiento de la tumba intacta de Tut-Ankh-Amon en 1922 por Howard Carter en el Valle de los reyes, siendo este un faraón relativamente secundario que reinó muy pocos años.
[2] EDWARDS, I.E.S. Las pirámides de Egipto. Ed. Crítica. Barcelona, 2003. p. 280
[3] Últimamente también se han añadido a estas funciones otras finalidades de tipo más “prosaico”, como por ejemplo la cohesión social y el impulso económico.
[4] Recipientes donde se guardaban las vísceras del difunto, extraídas durante el proceso de momificación.
[5] En este caso particular se confirmó que ni el sarcófago –de época saíta– ni la momia –de época árabe– pertenecían al faraón Menkaure, como reivindicó el egiptólogo Richard Howard-Vyse, en una actuación no exenta de tintes fraudulentos.
[6] Naturalmente, se suele decir que el nombre de Khufu está bien presente en su pirámide, pero está claro que unas pocas marcas de cantería en un lugar prácticamente inaccesible no son lo que cabría esperar de una tumba de tal espectacularidad. Además, existen serias sospechas sobre la posible falsificación de tales marcas por parte de Howard-Vyse.
[7] Excepto en las pirámides de Djoser y de Menkaure.
[8] CREIGHTON, S. “Diez hechos que contradicen la teoría de la pirámide-tumba.” Dogmacero n.º 1. (2013)
[9] Sobre este punto, el autor norteamericano Robert Temple en su reciente libro Egyptian Dawn afirma que las tres grandes pirámides de Guiza son posiblemente muy anteriores a sus respectivos titulares (que se habrían limitado a adoptarlas y restaurarlas), y que éstos no se habrían enterrado allí sino en otros lugares ocultos en la misma meseta de Guiza, que él dice haber localizado. Este es otro debate en el cual no entraremos ahora, pero el hecho de tener pirámides antes de la era dinástica podría implicar que o bien la dataciones aceptadas del Imperio Antiguo de Egipto son erróneas, o bien las pirámides no pertenecieron originalmente a los faraones de la IV dinastía, en cuyo caso no sabríamos quién las construyó y con qué fin.

domingo, 1 de junio de 2014

¿Inquisición arqueológica?




Giordano Bruno
A lo largo de los siglos, y muy especialmente en la civilización occidental, ha existido una constante pugna entre el mundo de las creencias –llámese si se prefiere religión– y el conocimiento propiamente científico. No es preciso recordar que en esta pugna los investigadores más audaces fueron objeto de marginación o persecución y en muchos casos de juicio y condena (llegando incluso a la muerte en la hoguera) por expresar opiniones contrarias a lo que dictaba la autoridad religiosa. La lista de científicos represaliados o ejecutados es muy larga e incluye nombres tan notables como Galileo Galilei, Miguel Servet o Giordano Bruno. Por supuesto, sería muy inocente decir que se trataba de una cuestión meramente religiosa, pues de hecho el poder político y el religioso, y podríamos añadir el económico para completar el círculo, han ido de la mano desde el inicio de la civilización hasta hace no demasiado tiempo. Dicho de otro modo, la élite dominante siempre se ha esforzado en controlar las ideas y el saber científico para seguir manteniendo el statu quo imperante.



Frente a estos sombríos antecedentes, se supone que en los dos últimos siglos la humanidad ha progresado en todos los ámbitos y la ciencia empírica se ha abierto paso frente a las creencias y supersticiones hasta el punto de crear un marco de plena libertad para el avance del saber. Así pues, en nuestro mundo moderno la antigua Inquisición o cualquier otro sistema de imposición de ideas por autoridad divina ya está bien enterrado. ¿Pero es así realmente?



Bueno, a estas alturas es obvio que nadie es enviado a la hoguera ni sometido a torturas, pero habría que revisar qué ha ocurrido en los últimos tiempos con muchísimos científicos cuya investigación ha sido parada, marginada o desestimada recurriendo a los más diversos argumentos o estrategias para que su trabajo no viera la luz o no pudiera progresar. Y en este campo tenemos ejemplos tan duros como el del alemán Wilhem Reich, cuya investigación sobre el orgón le acabó pasando una onerosa factura: sus libros fueron quemados y él mismo fue enviado a la cárcel, donde falleció al cabo de poco tiempo. ¡Y esto en pleno siglo XX y en los Estados Unidos, supuesto paraíso de las libertades!



En este punto es lícito preguntarse cuál es el papel de la ciencia “oficial” hoy en día con respecto a las visiones alternativas (o heréticas) y si en cierta forma no se está reproduciendo la tremenda intransigencia de antaño, pero ejercida de forma mucho más sutil. Sobre esta cuestión, es oportuno destacar que muchos autores alternativos acuden a la famosa cita de Schoppenhauer acerca del triunfo de las nuevas ideas: primero se las ignora por completo, luego se las ridiculiza y cuando todo esto falla se las ataca ferozmente. Y finalmente, tales ideas acaban siendo aceptadas como del todo evidentes.



En cierto modo, la ciencia moderna, incluida la historia y la arqueología, ha funcionado de esta manera, pues la primera reacción ante las propuestas alternativas consiste en no considerarlas, al estar fuera del terreno de juego (o sea, la cancha científica académica). Sin embargo, a veces tales propuestas llegan al gran público y entonces algunos académicos se toman la molestia de ridiculizarlas, calificándolas directamente de pseudociencia, patrañas o productos para ganar algún dinero pero sin ningún valor científico. De todos modos, si el debate social sobre estas ideas heréticas prosigue, y además provoca el despertar de una minoría de científicos críticos, entonces se cargan las armas y se pasa a un estadio de persecución y ataque. Es en este punto cuando se construyen los sesudos contra-argumentos para poner de manifiesto los errores, manipulaciones y tergiversaciones de la visión alternativa, llegando en algunos casos al empleo de consideraciones ad hominem, que por supuesto no tienen nada de científicas y son del todo inadmisibles.



Claro está, y es apropiado remarcarlo, que esta animosidad no es propia del estamento académico y que no podemos convertir este enfrentamiento en una lucha de buenos y malos. Es de justicia afirmar que algunos científicos aceptan de buen grado un debate abierto y constructivo con los investigadores independientes, si bien suelen mantener muy estrictamente su visión ortodoxa para desmontar el argumentario alternativo. Y, por otra parte, a veces ciertos  autores alternativos despotrican contra todo el mundo académico, calificándolo de falso, corrupto o autocomplaciente, y metiendo a todos los expertos en el mismo saco de indeseables, o sea reproduciendo las mismas conductas que dicen criticar. En efecto, a la hora de la verdad, cuando se analizan los trabajos y la trayectoria de unos y otros, vemos que los errores, defectos y vicios típicamente humanos no están de un solo lado.



Si recurrimos ahora al marco de las revoluciones científicas acuñado por Thomas Khun, es bueno recordar que cuando un paradigma establecido es atacado, este se defiende a fin de mantener su validez. Por este motivo, es del todo lícito y normal que los científicos “oficialistas” opinen y critiquen –siempre que lo consideren conveniente– las ideas o teorías que no concuerdan con el paradigma imperante. No se trataría pues de ejercer una labor de “inquisición” o “censura” ni de nada por el estilo, sino de informar a la sociedad (aunque sea bajándose del sacrosanto pedestal científico) de por qué una determinada propuesta alternativa no se ajusta a los criterios científicos comúnmente aceptados y debería ser desechada. Esto puede estar especialmente indicado en los casos en que la propuesta no es que sea errónea, mal enfocada o mal construida, sino que se trate directamente de un fraude, esto es, de un acto de mala fe que puede merecer no sólo el rechazo moral sino incluso alguna acción judicial[1].



Para esta tarea, no se debería proceder de manera autoritaria o dogmática, sino con un ánimo constructivo tendente a mostrar las carencias o problemas de la visión no convencional, porque la gran mayoría de la gente no dispone de las claves para interpretar o juzgar correctamente una determinada afirmación. El objetivo, pues, no debe ser que la propuesta alternativa sea prohibida de ninguna de las maneras, sino que tenga su correspondiente contrapunto para que la opinión pública pueda establecer de forma libre y razonada su juicio. Y ahora viene la pregunta del millón: ¿Se comporta así el estamento académico de la arqueología o actúa a veces de forma inquisitorial, recordando los viejos tiempos de la verdad única e indiscutible?



La respuesta a esta pregunta no es fácil, pues la generalización es enemiga de la verdad. Si atendemos al gran número de publicaciones o producciones audiovisuales sobre arqueología alternativa, parece que en efecto tales ideas llegan al público de manera normal (hasta podríamos decir masiva) y que no hay ninguna campaña orquestada para ocultarlas o prohibirlas. Además, en muy pocas ocasiones son objeto de duras o exhaustivas críticas por parte del estamento académico. De hecho, existe una relativamente escasa bibliografía académica orientada a desmontar las propuestas alternativas, si bien en Internet se pueden encontrar varios sitios web de los llamados “escépticos” o “desmitificadores” (en inglés debunkers) que se dedican a este cometido.



Sin embargo, las situaciones que podríamos denominar “inquisitoriales”, aunque son pocas, existen, son reales y posiblemente producen más daño que beneficio a la ciencia establecida, pues muestran un dogmatismo propio de una secta que defiende una creencia y no admite que ciertas ideas peligrosas se difundan entre la opinión pública. Y antes de proseguir, tengo que aclarar que los casos que presentaré a continuación a modo ejemplo se refieren estrictamente a la relación entre el mundo académico y los outsiders, pero bien es cierto que dentro del propio campo académico existe un enfoque uniformitario que podría acercarse a un concepto de “Inquisición”, por cuanto trata de anular o reprimir las opiniones minoritarias (a veces muy contrarias al paradigma imperante). No obstante, dado que en este ámbito hay mucha tela que cortar, dejaríamos este tema para otro artículo.



El primer caso que traigo a colación es el polémico documental televisivo The mysterious origins of man, una producción de la cadena norteamericana NBC basada parcialmente en el libro Forbbiden Archaeology (de Michael Cremo y Richard Thompson) y que fue presentada por el célebre actor Charlton Heston. Este documental, que exponía una serie de argumentos y pruebas que ponían en entredicho la teoría de la evolución en el caso específico del ser humano, se emitió por vez primera en febrero de 1996. Tras su emisión, que causó un fuerte impacto sobre la audiencia, se generó inmediatamente una gran controversia social y científica. Así, una parte importante de la comunidad científica se mostró indignada por el revuelo producido por un producto pseudocientífico pero la cosa no fue a mayores. Mientras tanto, muchos profesores de ciencias no pararon de telefonear al National Center for Science Education (Centro Nacional para la Enseñanza de la Ciencia) porque sus alumnos, que habían visto el documental, les hacían preguntas comprometidas que no sabían cómo afrontar.



Sin embargo, la historia problemática de este documental empezó bastante antes de emitirse. Según relata Michael Cremo, los productores solicitaron al Museo de Historia Natural de la Universidad de California (en Berkeley) el permiso para filmar unas piezas encontradas por el geólogo J. D. Whitney en las minas de oro de California en el siglo XIX[2]. Tras ampararse en varias excusas (poca antelación de la solicitud, falta de personal y medios para sacar las piezas del Museo...), los responsables de Museo reconocieron abiertamente que no iban a permitir la exposición de tales objetos para ser filmados, lo que obligó a recurrir a fotografías del siglo XIX para mostrar los objetos en el documental.



Pero esto sería poco más que un episodio anecdótico si no fuera porque la cadena NBC anunció que tenía la intención de reemitir este programa dada la expectación generada. En este momento las críticas de la comunidad científica subieron de tono, creándose una situación de evidente tensión. Pero a pesar de toda la campaña de descrédito sufrida, la NBC volvió a emitir el documental. Esta segunda emisión fue posiblemente la gota que colmó el vaso de la paciencia académica y a raíz de ello la Dra. Allison R. Palmer, presidenta del Instituto de Estudios Cambrianos, envió el 17 de junio de ese año un correo electrónico a la Comisión Federal de Comunicaciones para que dicha comisión castigase a la cadena NBC por divulgar el programa al público norteamericano. Además, Palmer y otros científicos pidieron que la NBC se disculpara públicamente y que pagara una fuerte multa por la difusión de los programas, si bien finalmente la NBC salió indemne de esta campaña en su contra.



Michael Cremo en una conferencia
Con todo, Cremo y Thompson vieron en esta actuación una especie de persecución ideológica por parte de la facción más radical del establishment evolucionista y un atentado a la libre expresión de ideas, que debería ser –­en su opinión– el marco normal para la discusión científica. Desde luego, no hay que olvidar que en el contexto cultural específico de los EE UU tiene lugar desde hace décadas una disputa entre la ciencia oficial y la ciencia paralela de los creacionistas (o fundamentalistas cristianos), con un gran campo de batalla centrado en el derecho a la enseñanza de las teorías creacionistas en las escuelas. Este tema ha acabado varias veces en los tribunales y ha provocado no pocas controversias sociales y políticas, pues el estamento académico no considera que la libertad de expresión pueda avalar la difusión de las creencias religiosas como si fueran estudios científicos.



No obstante, detrás de esta extraña lucha entre la Biblia y Darwin, debería quedar claro –al menos para el observador imparcial– que este enfrentamiento es más bien una pantalla artificial para proteger de toda crítica la visión oficial neo-darwinista. Aquí tendríamos que estar hablando de expresar libremente ideas y argumentos que cuestionen la validez de una teoría científica, sin que ello suponga apoyar necesariamente posiciones de tipo religioso[3]. Si los argumentos científicos fuesen tan evidentes y contundentes sobre la evolución, no se entiende este nerviosismo ni esta actitud persecutoria. Y es el que el problema seguramente no está en los fanáticos de la Biblia, sino en las personas que piensan, razonan y evalúan las pruebas. Entre estos podemos encontrar varios científicos, algunos de ellos de muy notable trayectoria, que no admiten la veracidad de los postulados oficiales por considerar que faltan a la verdad del método científico. E incluso plantean directamente que existe una especie de pensamiento único que funciona de manera muy similar a un sistema de creencias religioso, que repite sus postulados básicos –no demostrados– como dogmas de fe y ataca a cualquier crítico tachándolo de no-científico (o sea, hereje).



Esta actitud hostil del estamento académico evolucionista ante cualquier crítica la podemos apreciar en otro caso sucedido aproximadamente en la misma época. Así pues, hemos de referirnos a las propuestas del periodista británico Richard Milton, especialista en divulgación científica, que fue un evolucionista convencido durante mucho tiempo. No obstante, tras 20 años de trabajos empezó a entrever grietas en el edificio evolucionista y como respuesta a sus dudas escribió en 1992 el libro The Facts of Life: Shattering the Myths of Darwinism (“Los hechos de la vida: haciendo añicos los mitos del darwinismo”). En esta extensa obra, Milton defendió argumentos contrarios a los del paradigma imperante, pero dejó bien claro que él no era un creacionista ni sostenía convicciones religiosas de ninguna clase.



El pecado de Milton, en realidad, es que sus propuestas iban más allá de una mera exposición científica; había también una expresa denuncia de que se estaba incurriendo en un dogmatismo inaceptable. No es de extrañar que le pusieran en la picota, pues Milton, entre otras cosas, mantenía que la ciencia no había conseguido aún aportar sólidas pruebas que respaldasen la teoría de la evolución, que el registro fósil no concordaba con la gradualidad evolutiva que propugnó Darwin, que la selección natural no era un mecanismo, sino un proceso de racionalización a partir de los hechos, que la mutación genética –ya sea por ventaja evolutiva o por azar– no era más que una necesidad de la teoría neo-darwinista o que algunas características físicas extremadamente precisas de las especies naturales difícilmente podrían ser fruto de una mutación espontánea. Y, finalmente, Milton atacaba de forma inequívoca la manipulación o manera de hacer ciencia por parte de las autoridades científicas, afirmando que los evolucionistas tienen un eficaz sistema de censura, de tal modo que los trabajos críticos con el neodarwinismo no prosperan y los que lo hacen son tachados de creacionistas.



Tras publicar el libro, Milton denunció ser objeto de una especie de caza de brujas por parte del estamento científico, y muy en particular por el eminente académico Richard Dawkins, que goza de la más alta reputación dentro del campo evolucionista. Sin ir más lejos, Dawkins describió el libro de Milton de la siguiente manera: “sandeces que revelan en casi cada una de las páginas una completa y total ignorancia de la materia en cuestión”. Incluso llegó al terreno de la descalificación personal, afirmando que Milton era un "chiflado" y "necesitado de ayuda psiquiátrica". Pero lo más sorprendente de su actitud es que dedicó dos tercios de su escrito crítico no a refutar los argumentos de Milton, sino a atacar a los editores del libro por su irresponsabilidad al haber aceptado una obra que se oponía al darwinismo.



Richard Dawkins
Por otra parte, Auriol Stevens, editora del London Times Higher Education Supplement, había encargado a Milton la redacción de un artículo crítico con los postulados del evolucionismo. Sin embargo, al anunciarse con antelación la aparición de este material, a Dawkins le faltó tiempo para escribir a la editora a fin de evitar la publicación del artículo, acusando a Milton de creacionista. La editora cedió a las presiones y el artículo nunca vio la luz, pese a que Milton envió una carta a Stevens a modo de apelación. Dicho de forma simple, Dawkins utilizó su influencia y prestigio para vetar un artículo de Milton. Como se puede comprobar, al alto sacerdocio científico goza de unas prerrogativas que para sí ya quisieran algunos colectivos con cierto poder, empezando por los políticos.


Cabe señalar que la obra de Milton fue objeto de otras duras críticas por parte de los expertos, que –puntualmente– recurrieron a algunos ataques desaforados o ad hominem. Prácticamente todos los revisores de su obra coincidieron en calificar su trabajo de pseudocientífico. Se le acusó, entre otras cosas, de no conocer bien la teoría que trataba de impugnar, de utilizar fuentes obsoletas o dudosas, de usar el pensamiento selectivo, de no aportar los datos empíricos precisos para sustentar sus proposiciones, de confundir y relacionar incorrectamente temas biológicos con geológicos, de recurrir a la paranoia conspirativa, de utilizar como justificación el argumentum ad ignorantiam, y de realizar acusaciones sin sentido contra la ciencia. Alguna crítica incidía también en el hecho de que Milton generaba falsas polémicas, creando escenarios que no se ajustaban a la realidad y después atacándolos. Sin embargo, todo esto forma parte de la crítica, que puede ser constructiva, destructiva, oportuna o desacertada, pero no es tapar la boca, cosa que sí hizo el mismísimo Richard Dawkins.   



Lo cierto es que desde entonces Richard Milton se ha situado claramente en la trinchera alternativa y a ojos de la ciencia está completamente desacreditado. Y bien, para ser justos, hay que reconocer que posiblemente Milton se equivocó en varios puntos y que creó falsas polémicas, pero su enfoque era del todo científico y lo único que pretendía era abrir un debate riguroso sobre un tema que más parecía una fortaleza inexpugnable que una teoría científica susceptible de ser analizada y criticada (y rechazada, por supuesto). Sin embargo, visto este caso y el anterior, da la impresión que desde ciertas posturas intransigentes no se quiere reconocer de ninguna manera que hay verdaderas alternativas rigurosas al evolucionismo ortodoxo, y que tales alternativas no tienen nada que ver con lecturas bíblicas sino con argumentos científicos.



A modo de conclusión final podríamos decir que no debemos bajar la guardia ante este especie de pensamiento único intolerante, que en ocasiones se cree con derecho a evitar que se propague cualquier otro conocimiento que no sea el oficial. Porque una cosa es trabajar y difundir los resultados de la investigación científica, y asumir ocasionalmente un papel crítico ante determinadas propuestas “no oficiales”, y otra cosa bien distinta es ejercer de credo fundamentalista –eso sí, disfrazado de institución objetiva, rigurosa y honesta– con la potestad de enterrar las opiniones inoportunas. De acuerdo, hoy no se quema a nadie, pero dificultar u obstaculizar de manera torticera la libre expresión del conocimiento alternativo recuerda bastante a las antiguas prácticas inquisitoriales. 

(c) Xavier Bartlett 2014 





[1] Por ejemplo, hace no muchos años una acción de este tipo –la falsificación en Israel de una inscripción en cierta sepultura (supuestamente de un hermano de Jesucristo) por parte de un anticuario– supuso el juicio y condena para el perpetrador del fraude.

[2] Dichas piezas eran objetos de innegable origen humano, con una supuesta datación extremadamente antigua, lo que las convertía en ooparts. Según una publicación de Whitney de 1880, se trataba de diversos útiles de piedra avanzados –entre los cuales destacaban puntas de lanza y morteros de piedra– que se habían hallado en estratos profundos bajo gruesas capas de lava inalteradas, con una datación geológica que oscilaba entre los 9 y los 55 millones de años.


[3] Con todo, la llamada teoría del diseño inteligente, que también cuestiona los principios del evolucionismo (pero que no se adscribe a ninguna creencia), también ha sido acusada de ser un creacionismo encubierto por cuanto defiende la existencia de una inteligencia suprema que plantea y fabrica de algún modo los mecanismos de la macroevolución. En general, cualquier alusión a Dios, o a una conciencia o inteligencia detrás del orden natural, es rechazada por el estamento darwinista, que en su mayoría se posiciona en un ateísmo militante.