viernes, 19 de diciembre de 2014

La conquista “paranormal” de América


Si nos remontamos a los lejanos tiempos del Mundo Antiguo, no es extraño observar que muchos hechos o relatos de esa época están salpicados de detalles o eventos de dudoso realismo, que de algún modo podríamos etiquetar como “paranormales”. Por ejemplo, ¿cómo explicaríamos que las murallas de Jericó se derrumbaran por efecto del sonido de las trompetas de los israelitas?[1] Así pues, no es ninguna novedad afirmar que muchas narraciones supuestamente históricas de las antiguas civilizaciones navegaban a menudo en las aguas de la leyenda y la fantasía, con fuertes dosis de mito y religión. De hecho, era relativamente habitual la presencia de situaciones sobrenaturales mezcladas con otras más mundanas, del mismo modo en que aparecían dioses, semidioses, héroes, gigantes, etc. junto a humanos mortales.

Todo esto es sabido y reconocido por la historiografía y no ofrece más comentario. Sin embargo, me llama la atención que en tiempos mucho más recientes, como por ejemplo la Edad Moderna, nos encontremos con extraños relatos en los que el elemento sobrenatural o paranormal es indiscutible, a menos que consideremos que se trata de simples licencias literarias (“fantasías”) de los autores para dar más colorido o épica a un determinado suceso. Es evidente que si negamos tales referencias tachándolas de imposibles, se puede dar sin más carpetazo a la polémica. No obstante, si aceptamos –al menos como premisa–  la literalidad de los relatos, entonces nos podemos preguntar por su significado o interpretación correcta.

Recreación de la llegada de Colón a América
En este contexto, el tema que quiero sacar a colación es la rápida y exitosa invasión de América por parte de los conquistadores españoles. Este es un asunto debatido desde hace tiempo, por cuanto todavía a algunos investigadores les sorprende la fulgurante victoria de unos pocos centenares de hombres de armas frente a pueblos numéricamente muy superiores, incluyendo el caso de dos grandes civilizaciones como la azteca y la inca. Cabe recordar que no estamos hablando de unas cuantas tribus de salvajes (que ciertamente las había en América), sino de grandes estados, bien estructurados y organizados, con un gran desarrollo en muchas áreas del conocimiento y con grandes ejércitos.

Bien es verdad que se suele atribuir el éxito de los conquistadores a dos factores bien documentados: Por un lado, la superioridad militar y tecnológica de los europeos (en particular por sus caballos y sus armas de fuego) y, por otro, el recurso a la vieja táctica del “divide y vencerás”, rompiendo la unidad de los imperios y consiguiendo alianzas muy útiles en lo político y lo militar. Sin embargo, para algunos autores alternativos, la audacia, las maniobras políticas y la disponibilidad de un armamento superior no explican de manera convincente una gesta tan colosal realizada relativamente en pocos años y por tan pocos hombres.

Aquí es cuando entra en juego el primer factor que de alguna manera se sale de un marco racional. Así, hemos de referirnos a la tradición o creencia por parte de los aztecas acerca de unos seres divinos que habían estado entre ellos para difundir la civilización. Según las leyendas, estos seres –encarnados principalmente en la figura del gran dios Quetzalcóatl– habían partido hacia el este (el Océano Atlántico), y por allí mismo debían volver, tal como ellos mismos habían prometido. Sin embargo, no había nada de positivo en este hecho, pues tal regreso iba a suponer el fin inevitable de su imperio. La referencia dada por el cronista de Hernán Cortés, Bernal Díaz del Castillo, en su obra Historia verdadera de la conquista de la Nueva España (capítulo CI) sobre esta cuestión es clara e inequívoca:

“Y diré en la plática que tuvo el Montezuma con todos los caciques [...] que les dijo que mirasen que de muchos años pasados sabían por cierto, por lo que sus antepasados les habían dicho, e así lo tienen señalado en sus libros de cosas de memorias que de donde sale el Sol habían de venir gentes que habían de señorear estas tierras, y que se había de acabar en aquella sazón el señorío y reino de los mexicanos; y que él tiene entendido, por lo que sus dioses le han dicho, que somos nosotros.”

Dios Huitzilopochtli
Esta visión fatídica en un contexto de gran superstición no parece cosa baladí, pues el eminente historiador mexicano Miguel León-Portilla, en su conocida obra Visión de los vencidos[2], destaca que muchos años antes del desembarco de Cortés ya se habían dado numerosas muestras de esos presagios funestos en forma de todo tipo de desastres, incendios incontrolables[3], multitud de cometas, extrañas señales en el cielo... Estos presagios, al parecer, se prolongaron hasta muy poco antes de la llegada de los invasores, y de este modo fue creándose un clima de gran nerviosismo e inquietud sobre la desgracia que tenía que suceder. Además, algunos de estos fenómenos eran ciertamente pavorosos e inusuales, siendo bastante complicado explicarlos en términos naturales. Véase este texto de Muñoz Camargo[4]:

“Diez años antes que los españoles viniesen a esta tierra, hubo una señal que se tuvo por mala abusión, agüero y extraño prodigio, y fue que apareció una columna de fuego muy flamígera, muy encendida, de mucha claridad y resplandor, con unas centellas que centellaba en tanta espesura que parecía polvoreaba centellas, de tal manera, que la claridad que de ellas salía, hacia tan gran resplandor, que parecía la aurora de la mañana. La cual columna parecía estar clavada en el cielo, teniendo su principio desde el suelo de la tierra de do comenzaba de gran anchor, de suerte que desde el pie iba adelgazando, haciendo punta que llegaba a tocar el cielo en figura piramidal. La cual aparecía a la parte del medio día y de media noche para abajo hasta que amanecía, y era de día claro que con la fuerza del Sol y su resplandor y rayos era vencida. La cual señal duró un año, comenzando desde el principio del año que cuentan los naturales de doce casas, que verificada en nuestra cuenta castellana, acaeció el año de 1517.”

Otros fenómenos eran extremadamente inauditos ­–hasta el punto de entrar ya en el ámbito paranormal– y causaban auténtico terror entre los testigos. Según la misma obra recién citada:  

“El octavo prodigio y señal de México, fue que muchas veces se aparecían y veían dos hombres unidos en un cuerpo que los naturales los llaman
Tlacantzolli. Y otras veían cuerpos, con dos cabezas procedentes de un solo cuerpo, los cuales eran llevados al palacio de la sala negra del gran
Motecuhzoma, en donde llegando a ella desaparecían y se hacían invisibles todas estas señales y otras que a los naturales les pronosticaban su fin y acabamiento, porque decían que había de venir el fin y que todo el mundo se había de acabar y consumir, de que habían de ser creadas otras nuevas gentes e venir otros nuevos habitantes del mundo. Y así andaban tan tristes y despavoridos que no sabían qué juicio sobre esto habían de hacer sobre cosas tan raras, peregrinas, tan nuevas y nunca vistas y oídas.”

Dios Quetzalcóatl
Lo que resulta sorprendente es que, aparte de los presagios, se dio una feliz e inesperada casualidad, porque el año señalado para el regreso de los dioses era un año Ce-Acatl (“Uno Caña”), y precisamente fue en un año de estos años (1519) en que Cortés pisó las costas mexicanas para iniciar la conquista del imperio azteca. De ahí que los aztecas, empezando por el propio emperador Moctezuma, quedaran desconcertados ante la presencia en su territorio de unos hombres barbados y de raza blanca, aspecto que se atribuía a esos antiguos dioses[5].  Además, por si fuera poco, el emblema de Quetzalcóatl era la cruz, que como es bien sabido era el estandarte que portaban los españoles como símbolo de su fe. En suma, un cúmulo de coincidencias que podríamos achacar al mero azar, ¿o no?

A este respecto, Scott Patterson, un estudioso de las tribus indígenas americanas, da crédito en su obra Profecías de los indios americanos (1995) a los textos referentes a las profecías y malos augurios, y cree que tuvieron un impacto significativo sobre Moctezuma, empezando por la mencionada coincidencia de la llegada de Cortés en un año Ce-Acatl, una fecha cíclica[6] sagrada para los aztecas en la que se preveía el posible regreso de Quetzalcóatl. Patterson se apoya en los libros del cronista hispano Sahagún para mostrar la importancia del mito en el devenir del imperio azteca:

“Moctezuma estaba seguro de que se trataba de Topiltzin-Quetzalcóatl que había regresado a la Tierra […] Porque en sus corazones sabían que él vendría, que regresaría a la tierra en busca de su trono, su tierra. Porque había tomado ese rumbo (hacia el este) el día de su partida.” (Libro XII del Código Florentino)

Sin restar la debida importancia a la superioridad tecnológica de los españoles o a la habilidad de Cortés para tramar una alianza en contra de los aztecas, Patterson interpreta que Moctezuma no pudo escapar de su obsesión por las profecías que señalaban el fin de su imperio, siendo víctima de un inevitable fatalismo. No obstante, la mayoría de autores académicos rechazan esta visión, y aún reconociendo que el mito pudo tener cierta influencia en el primer contacto con los españoles, aseguran que luego los aztecas se dieron cuenta de que se enfrentaban a hombres como ellos, unos bárbaros invasores a los que había que combatir por todos los medios.

Por otro lado, existe una agria polémica entre académicos y alternativos que se remonta a los tiempos de Ignatius Donnelly y que gira en torno a la misma existencia de estos dioses, pues varios expertos niegan que la historia de los hombres blancos barbados fuera propiamente indígena, sino más bien una invención o manipulación a cargo de los cronistas españoles (o indios hispanizados) para facilitar la colonización y evangelización de los nativos. Dado que este es un tema largo y complejo lo dejaremos aquí para volver al terreno de lo paranormal.

Andreas Faber-Kaiser
En este punto cabe citar el trabajo del investigador hispano-alemán Andreas Faber-Kaiser (1944-1994) que en su libro Las nubes del engaño (1984) dedicó un capítulo a la conquista fulminante de América por parte de los españoles gracias a unos hechos que habrían quedado fuera de los libros de historia, precisamente por entrar en el terreno de lo sobrenatural. En efecto, esta tesis, sustentada en parte en el trabajo previo del investigador español Manuel Audije, descarta las explicaciones tradicionales sobre la derrota de los grandes imperios precolombinos y aporta en su lugar otra perspectiva completamente heterodoxa a partir de ciertos eventos narrados en las mismas fuentes de la época de la conquista (siglos XV y XVI), los cuales incluían la presencia de entidades o de fenómenos paranormales de muy complicada explicación en términos convencionales.

Lo primero que Faber-Kaiser pone de manifiesto es que la creencia en los dioses que habían de regresar estaba arraigada en muchos pueblos de América, no sólo entre los aztecas. De hecho, ya desde el mismo viaje de Colón aparecen testimonios de esta creencia por parte de los indígenas. A título de ejemplo tenemos esta cita del Diario de a bordo de Colón, de su primer viaje (1492)[7]:

“Otros, cuando veían que yo curaba de ir a tierra, se echaban a la mar nadando y venían, y entendíamos que nos preguntaban si éramos venidos del cielo; y vino uno viejo en el batel dentro, y otros a voces grandes llamaban todos hombres y mujeres: venid a ver a los hombres que vinieron del cielo: traedles de comer y de beber.”

Nave fenicia
Puestos a preguntarse por esta extraña reacción ante la presencia de hombres blancos en América, podríamos buscar alguna explicación más o menos razonable, como el recuerdo de un antiguo contacto con algunos navegantes mediterráneos (fenicios, cartagineses, griegos, romanos...) que recalaron en las costas americanas. Estaríamos pues hablando de la teoría fundamentada en algunos indicios arqueológicos acerca de la llegada de estos pueblos de la Antigüedad a América muchos siglos antes que Colón. No obstante, hay que remarcar como dato significativo, al menos en este caso concreto, que los supuestos dioses venidos del este no procedían del mar, sino de los cielos, lo cual ya nos situaría más bien en el terreno mitológico o paranormal.

Ahora bien, si nos trasladamos ya al siglo XVI, en el momento álgido de la conquista española del continente, las crónicas relatan una serie de insólitos fenómenos que ayudaron de forma notable a la victoria de las armas europeas frente a los indígenas. Entre estos fenómenos destaca poderosamente cierta ayuda aérea en forma de caballeros voladores que recibieron los conquistadores españoles –muy en particular, Hernán Cortés– en la conquista de los vastos imperios precolombinos. Todo ello según algunos pasajes de la obra ya citada del cronista Bernal Díaz del Castillo Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. De hecho, uno de sus capítulos (el CCXIII) tiene este sugestivo título: “De las señales y planetas que hubo en el cielo de la Nueva España antes de que en ella entrásemos, y pronósticos de declaración que los indios mexicanos hicieron, diciendo sobre ellos y de una señal que hubo en el cielo, y otras cosas que son de traer a la memoria.”

De este capítulo extraemos el siguiente fragmento:

“Dijeron los indios mexicanos, que poco tiempo había, antes que viniésemos a la Nueva España, que vieron una señal en el cielo que era como verde y colorado y redonda como una rueda de carreta.”

Sobre este suceso, Faber-Kaiser apunta a que existen dos crónicas, ambas datadas en 1487 y de lugares bien alejados en el espacio como China e Italia, que describían aproximadamente el mismo fenómeno. Lógicamente, esta visión supondría un refuerzo de los ya mencionados malos presagios en torno a lo que tenía que pasar indefectiblemente.

Pero aparte de estas señales en el cielo, existen otras crónicas que hablan directamente de la aparición de extrañas figuras en el campo de los conquistadores que de alguna manera alentaba a los españoles y atemorizaba a los indios; véanse los siguientes textos.

De Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, capítulo XCIV:

“Y preguntó el Montezuma que, siendo ellos muchos millares de guerreros que cómo no vencieron a tan pocos teules[8]. Y respondieron que no aprovechaban nada de sus varas y flechas y buen pelear; que no les pudieron hacer retraer porque una gran tecleciguata de Castilla venía delante dellos, y que aquella señora ponía a los mexicanos temor, y decía palabras a sus teules que los esforzaba; y el Montezuma entonces creyó que aquella señora que era santa María  y la que le habíamos dicho que era nuestra abogada...”

De una carta de Pedro de Valdivia (conquistador de Chile) al emperador Carlos I, datada en 1541:

“Dixeron más: que tres días antes pasando el río de Biubiu para venir sobre nosotros, cayó una cometa entre ellos, un sábado a medio día y desde el fuerte donde estábamos la vieron muchos cristianos ir para allá con muy mayor resplandor que otras cometas salir, e que caída, salió della una señora muy hermosa, vestida también de blanco, y que les dixo: 'Serví a los cristianos y no vais contra ellos porque son muy valientes y os matarán a todos'.”

De Pedro de Cieza de León, La crónica del Perú, capítulo CXIX:

“Cuando en el Cuzco generalmente se levantaron los indios contra los cristianos no había más de ciento y ochenta españoles de a pie y de caballo. Pues estando contra ellos Mango inga, con más de doscientos mil indios de guerra, y durando un año entero, milagro es grande escapar de las manos de los indios; pues algunos dellos mismos afirman que vían algunas veces, cuando andaban peleando con los españoles, que junto a ellos andaba una figura celestial que en ellos hacía gran daño...”

Y en la continuación de este mismo pasaje se afirma que los indígenas prendieron fuego a la ciudad –que ardió en muchas zonas– y pusieron especial empeño en quemar la iglesia y por tres veces lo intentaron poniendo paja bien seca, pero las tres veces el fuego se extinguió de forma inexplicable.

Precisamente, esta fenomenología paranormal, que al parecer se prolongó durante bastantes años, ayudó mucho a la tarea evangelizadora de los invasores, pues hay otros testimonios de sucesos extraños en los que intervienen personajes divinos o infernales pero siempre favoreciendo la conversión al cristianismo de los paganos indígenas, incluso los más reticentes.

A modo de ejemplo, tenemos estos dos textos del libro recién citado de Pedro de Cieza de León, La crónica del Perú. En su capítulo CXVII, refiriéndose a una experiencia del clérigo Marcos Otazo, se dice:

“...Vino a mí un muchacho que en la iglesia dormía, muy espantado, rogando me levantase y fuese a baptizar a un cacique que en la iglesia estaba hincado de rodillas delante de las imágenes, muy temeroso y espantado; el cual, estando la noche pasada [...] metido en una guaca, que es donde ellos adoran, decía haber visto a un hombre vestido de blanco el cual le dijo que qué hacía allí con aquella estatua de piedra. Que se fuese luego, y viniese para mí a se volver cristiano. [...] Contaba que el hombre que vio estando en la guaca o templo del diablo era blanco y muy hermoso, y que sus ropas eran resplandecientes.”

Y en el capítulo CXVIII:

“Tamaracunga, inspirando Dios en él, deseaba volverse cristiano y quería venir al pueblo de los cristianos a recibir baptismo. Y los demonios, que no les debía agradar el tal deseo, pesándoles de perder lo que tenían por tan ganado, espantaban a aqueste Tamaracunga de tal manera que lo asombraban, y permitiéndolo Dios, los demonios, en figura de unas aves hediondas llamadas auras, se ponían donde el cacique sólo las podía ver. [...] Y algunas veces, estando el cacique sentado y teniendo delante un vaso para beber, veían los dos cristianos cómo se alzaba el vaso con el vino en el aire y dende a un poco parescía sin el vino, y al cabo de un rato vían caer el vino en el vaso y el cacique atapábase con mantas el rostro y todo el cuerpo por no ver las malas misiones que tenía delante; y estando así sin se tirar ropa ni destapar la cara, le ponían barro en la boca como que lo querían ahogar.”

Todos estos relatos, escritos no por cualquiera sino por algunos de los cronistas más destacados de la época de la Conquista de América, pueden provocar cierto estupor pues en ellos vemos plasmados unos hechos que difícilmente pueden ser catalogados de verídicos desde una óptica estrictamente empírica. Ante estas descripciones tan anómalas, la interpretación de Faber-Kaiser se situaba en los terrenos propios de la ufología más tenebrosa, esto es, la que considera que los seres de otros mundos manejan en su provecho los hilos de la  existencia humana, incluidos los grandes acontecimientos históricos, como parte de un gran plan.

Por supuesto, desde su punto de vista, tales intervenciones sobrenaturales no eran hechos aislados, sino que formaban parte de una fenomenología similar observable a lo largo de la historia de la humanidad, y cuya finalidad sería precisamente “conformar” los hechos en un sentido determinado. De hecho, en su libro se ofrecen múltiples ejemplos de esta especie de intervencionismo histórico –frecuentemente ligado a hechos de armas– a través de crónicas de diferentes épocas y territorios. Por ejemplo, Faber-Kaiser expone un episodio ubicado en la Edad Media, en el que se narra la decisiva intervención de unas naves voladoras en la pugna entre el emperador Carlomagno y los sajones en el siglo VIII. Concretamente, según una crónica de la época (los Annales Laurissenses), los paganos sajones que habían atacado los territorios del emperador de los francos abandonaron aterrados el sitio de la fortaleza de Sigisburg al presentarse “dos grandes escudos de color rojizo llameantes y que se movían encima de la iglesia”.

En todo caso, si damos crédito a los relatos y no los consideramos puras invenciones o exageraciones de los cronistas, nos enfrentamos a dos interrogantes fundamentales. El primero, y más importante, es averiguar qué hay detrás de estas apariciones o fenómenos paranormales, si es que realmente tuvieron lugar de la forma en que se narran. Por otro lado, nos tendríamos que preguntar cuál es el sentido último de poner por escrito estas historias (o sea, por qué se les dio publicidad) y por qué los españoles no parecían asombrados o alterados por tales apariciones, a diferencia de los indígenas, que parecían estar muy afectados o aterrorizados.

Desde nuestra perspectiva racional actual es complicado dar una respuesta a la primera de las cuestiones, porque no hay manera de contrastar esa información. Podríamos hablar de alucinaciones colectivas o bien de algún tipo de “montaje” por parte de los conquistadores, pero ambas opciones se quedan en el campo de la mera especulación. Lo que sí está claro es que la aparición de un poderoso caballero en el campo de batalla capaz de espantar a los enemigos de los cristianos nos recuerda enormemente a la aparición del apóstol Santiago en ciertos hechos de armas contra los musulmanes en España. Además, existen otros relatos de hechos semejantes en varias partes del mundo, con caballeros volantes incluidos.[9] ¿Se trataría de la misma mitología?

Asimismo, es procedente relacionar estas apariciones de seres divinos con las apariciones marianas y similares de la religión católica; basta recordar la mención a la gran señora que protegía a los españoles y espantaba a los mexicanos. En este caso concreto, los personajes relucientes, vestidos de blanco y que aparecen desde el cielo nos muestran una iconografía muy similar a la de estas famosas apariciones religiosas. A partir de aquí, para muchos autores, estos fenómenos de supuestas alucinaciones (según el enfoque científico) o de auténticas visiones celestiales (según la creencia religiosa) tendrían en realidad otra explicación: se trataría de típicos fenómenos paranormales propios de la casuística ovni.

Los conquistadores se encuentran con las gentes de Tlaxcala
En lo que se refiere a la segunda cuestión, siempre nos quedaría la fácil salida de pensar que los cronistas incluyeron este tipo de episodios fantásticos para introducir el elemento religioso como parte esencial de la victoria del bando español, algo así como un motivo propagandístico, cosa que no sería descabellada y que muchos pueblos y culturas han hecho de una u otra forma a lo largo de los siglos. Por otra parte, está claro que la historia la escriben los vencedores (“a su gusto”, cabría añadir) y es obvio que a posteriori se pueden maquillar, edulcorar o tergiversar los hechos para crear una épica y brillante versión oficial.

Al final, lamentablemente, nos quedamos con muy pocas certezas, porque es prácticamente imposible determinar si estos sucesos ocurrieron, y aunque así fuera, tampoco podemos valorar qué vieron los testigos exactamente, más allá de las descripciones literales. Lo que sí es patente es que los relatos no son pocos ni aislados, si juntamos los eventos paranormales previos a la conquista (los malos presagios) con los hechos correspondientes a la propia conquista e incluso después de ésta. Sea como fuere, para la historiografía convencional no hay nada paranormal en estos textos sino pura ficción mezclada entre la narración de los hechos. Para Faber-Kaiser, en cambio, no había razón por la que debiéramos dudar de la veracidad de las crónicas, y por tanto estas apariciones y sucesos anómalos habrían sido reales y además habrían influido directamente en el resultado de una contienda histórica entre unos pocos españoles y los grandes imperios de la América precolombina.

© Xavier Bartlett 2014


Créditos de las imágenes: 1. Luidger. 2 y 3. desconocido. 4, 5 y 7. Archivo autor. 6. Elie Plus.  8. Wolfgang Sauber

 

Referencias


FABER-KAISER, Andreas. Las nubes del engaño. Planeta. Barcelona, 1984
LEÓN-PORTILLA, Miguel. Visión de los vencidos. Universidad Nacional Autónoma de México, 1969.
PATTERSON, Scott. Profecías de los indios americanos. Tikal ediciones. Madrid, 1995



[1] Por supuesto, hay teorías alternativas sobre el uso armas sónicas en la Antigüedad que se salen del paradigma científico, pero ese sería otro debate.
[2] Cabe resaltar que esta obra está basada en los testimonios directos de los pueblos indígenas de México o bien a través de los cronistas españoles que recabaron información de primera mano de los propios indios, como es el caso particular de Bernardino de Sahagún.
[3] Por ejemplo, existe un relato sobre el repentino y violento incendio del templo del dios Huitzilopuchtli, que al intentar ser sofocado con cántaros de agua, todavía ardió con más vigor.
[4] De la Historia de Tlaxcala, citado en el libro de León-Portilla.
[5] Las descripciones también incluían el detalle de que estos hombres blancos solían ir vestidos con una túnica blanca, lo que en muchos casos concordaba con las vestimentas de los religiosos españoles. En cuanto a su carácter y conducta, se les consideraba personas sabias y de buen corazón, opuestas a la guerra y la violencia.
[6] Según un documento escrito en náhuatl, los Anales de Cuauhtitlán, Quetzalcóatl también estaba asociado al lucero del alba (el planeta Venus), y los años Ce-Acatl venían a representar los ciclos venusinos de 52 años.
[7] Documento trascrito por Fray Bartolomé de las Casas años después de este viaje.
[8] Nombre dado por los indios a los españoles.
[9] Estos relatos son citados en el libro de Faber-Kaiser; la mayoría de ellos proceden del Mundo Antiguo y de la Edad Media.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Arqueoacústica: insospechados ecos del pasado


Uno de los rasgos más típicos de la arqueología alternativa ha sido sin duda la defensa de una Antigüedad mucho más avanzada de lo que se ha venido aceptando convencionalmente, tanto en el ámbito de la conciencia como en el de la ciencia. Así, no son pocos los autores alternativos que han ido proponiendo teorías sobre un Mundo Antiguo caracterizado por una ciencia y tecnología de un nivel similar o incluso superior a la de nuestros tiempos.

En este contexto, y vistos los sólidos indicios de una alta ciencia, más de un autor se apresuró a sugerir la intervención de seres inteligentes procedentes del espacio en la realización de tales prodigios, lo que conformó la llamada teoría del antiguo astronauta, que aún sigue en boga hoy en día. No obstante, más recientemente, otros muchos autores postulan la existencia de una humanidad  avanzada que vivió en un ciclo álgido –según el modelo de una historia cíclica– y que desapareció dejando apenas unos pocos rastros de su ciencia a las nuevas generaciones de una Humanidad inferior. En este artículo nos centraremos precisamente en unos de esos rastros, a través de una interesante teoría –poco conocida a nivel popular– que apareció hace unos pocos años acerca de determinados conocimientos relacionados con el sonido.

Esta teoría que presentamos a continuación es fruto del trabajo de varias personas, pero particularmente del ingeniero norteamericano Glenn M. Kreisberg, especialista en el terreno concreto de las radiofrecuencias. Lo que propone Kreisberg es todo un reto a las mentes más convencionales, pues sus estudios –sustentados en gran parte en el trabajo previo del investigador eslovaco Pavel Smutný– le han llevado a la conclusión de que los antiguos podían haber tenido un claro conocimiento del espectro electromagnético, sobre todo en aspectos del ámbito de la acústica, lo que se puede conectar directamente con una reciente vía de investigación del pasado llamada arqueoacústica[1].

Pinturas rupestres de Altamira (reproducción)
Según esta nueva disciplina, podemos contemplar la posibilidad real de que el sonido fuese un elemento clave en antiguas ceremonias y en la configuración de ciertas estructuras. Por ejemplo, los recientes estudios sobre el arte rupestre paleolítico han apuntado a una asociación entre las áreas en las que tiene lugar una fuerte resonancia y la localización de las pinturas. Tal hallazgo demostraría que las propiedades del sonido ya eran conocidas y apreciadas hace más de 30.000 años. Asimismo, se han realizado algunos estudios sobre las propiedades sonoras de algunos artefactos, pero este campo apenas ha dado resultados relevantes.

Volviendo al tema específico del conocimiento del espectro electromagnético, Glenn Kreisberg plantea que los antiguos –por lo menos antes de la aparición de la ciencia de la Antigua Grecia, precursora de la ciencia moderna– podían expresar conceptos o materias relacionadas con la ciencia de forma muy distinta a que lo hacemos nosotros, lo que tal vez nos hace pasar por alto o malinterpretar ciertas observaciones, que los expertos actuales toman como simbolismos o alegorías, o simplemente no les conceden ningún sentido específico. Así, Kreisberg cree que los antiguos tenían un conocimiento íntimo de la naturaleza y de los mecanismos o fuerzas que la rigen, y entre estos elementos estaría sin duda el espectro electromagnético, “una secuencia continua de energía electromagnética dispuesta según una longitud de onda o frecuencia”. 

El planteamiento teórico de Kreisberg se fundamenta en que el espectro electromagnético (EM) es algo que forma parte del entorno natural en que se desenvuelve el hombre y que por tanto debía ser conocido de alguna manera por el hombre primitivo, dada su íntima proximidad a la naturaleza y a la interdependencia con ella. Para demostrar que los antiguos sí eran conscientes de la existencia de las ondas, Kreisberg saca a colación una serie de antiguos motivos artísticos y ornamentales de varias culturas relacionados con formas ondulantes o sinuosas, dientes de sierra, etc


Templo megalítico de Malta
De hecho, sabemos que las primeras culturas humanas hicieron uso de fuerzas naturales como el fuego, el agua, el viento y el sonido. Para el investigador americano, el conocimiento del espectro EM no puede limitarse a los últimos tiempos, sino que debe tener unos precedentes que han de remontarse a épocas muy antiguas. Retomando las tesis de Smutný, Kreisberg afirma que los templos megalíticos de Malta podrían haber tenido una función de propagación del sonido a gran distancia. Así, estos grandes complejos megalíticos podrían haber funcionado realmente como generadores de ondas acústicas de alta frecuencia, cuya finalidad sería la de establecer un sistema de comunicación entre las diversas islas. Incluso las leyendas sobre las sirenas y sus característicos cantos tendrían alguna relación con estas estructuras. De hecho, se han encontrado en Malta muchas estatuas de mujeres gruesas (como las divas de la ópera moderna), que podrían haber emitido sonidos o cantos desde el centro de la estructura. Luego, la configuración multi-lobular de los propios templos habría permitido la amplificación del sonido, teniendo en cuenta que los bloques megalíticos serían un buen material resonante. 


Patrón de propagación de antena
Planta del templo de Hagar Qim
Esta hipótesis puede parecer algo rebuscada, pero Kreisberg muestra la evidente semejanza entre la forma lobular del templo de Hagar Qim y un típico patrón de propagación de una antena inalámbrica de 800 MHz, con un lóbulo principal y lóbulos laterales. A partir de aquí, ha ido un poco más allá y ha encontrado otros indicios significativos en el mismo conjunto arqueológico. Tomando como referencia una publicación de Joseph S. Ellul 1988 titulada Malta’s Prediluvian Culture at the Stone-Age Temples (1988), Kreisberg destaca que en Hagar Qim se halló un dintel desplazado de su lugar sobre el cual se había asentado en perfecto equilibrio una gran losa con notables propiedades acústicas, pues cuando era golpeada con otra piedra sonaba como una campana. Más tarde, en los años 50, los bloques se reubicaron en sus posiciones originales y el efecto de la “campana de Hagar Qim” se perdió para siempre. Finalmente, Kreisberg toma nota de una observación hecha por Graham Hancock en Malta, al destacar la posición despejada los templos, con un notable descenso del nivel terreno a su alrededor, lo cual sería una condición ideal para la propagación de la señal acústica a grandes distancias. Y una vez más, en algunos megalitos malteses encontramos los famosos diseños curvilíneos o en espiral con forma de “onda”.

En todo caso, Kreisberg, concede una gran verosimilitud a la hipótesis de la comunicación entre las islas a partir de dos observaciones. Por un lado, tendríamos el mar como un canal de comunicación ideal. De hecho, la transmisión del sonido se vería potenciada por la amplificación de éste a través del agua. Esta característica es bien conocida a partir de principios físicos: el agua enfría el aire que está justo por encima de la superficie, lo que ralentiza las ondas que viajan sobre la superficie. Esto provoca una refracción o curvatura de la onda sonora de tal modo que se propaga una mayor cantidad de sonido a través de la masa de agua.

Por otro lado, Kreisberg supone que para que el sistema tenga sentido debe haber un emisor y un receptor, y precisamente encontró un rastro muy interesante al respecto en la isla de Lampedusa, a unos 160 km. al sur de Malta y cerca de la costa tunecina. Allí existen unos restos megalíticos que todavía no se han investigado aún, pero cuyo aspecto circular podría constituir un claro paralelo de los famosos templos malteses.

Obviamente, Glenn Kreisberg hace la reflexión de que todo esto podría ser un cúmulo de coincidencias pero si hubiera una clara intencionalidad detrás de los hechos observados, entonces tendríamos que preguntarnos si los antiguos no tenían un cierto nivel de sofisticación tecnológica inesperada. Aquí, el autor americano lanza la hipótesis de que tal vez el megalitismo, cuyo propósito sigue sin estar demasiado claro para la arqueología, constituía el legado de un conocimiento perdido en su funcionalidad.

Pero además del caso maltés, Kreisberg ha identificado otros posibles rastros arqueoacústicos en las torres célticas de Irlanda, cuyo periodo de construcción se ha fijado aproximadamente entre los siglos VII y X de nuestra era. Existen allí más de cien de estas altas estructuras cilíndricas, todas ellas construidas con unos mismos patrones arquitectónicos, y se supone que en principio estaban aisladas y luego acabaron rodeadas de edificaciones anexas (iglesias,  monasterios...). Para los investigadores académicos las torres habrían tenido una función de vigilancia y defensa ante posibles incursores, con las puertas de acceso situadas entre 1,5 y 4,5 metros por encima del nivel del suelo, supuestamente por razones de seguridad.

Torres célticas irlandesas
Sin embargo, Kreisberg cree que esta interpretación es errónea y para ello se apoya en el trabajo de un investigador norteamericano llamado Phillip Callahan[2], el cual defiende la tesis de que estas torres en realidad fueron diseñadas y utilizadas como enormes sistemas de resonancia para captar y almacenar energía electromagnética procedente de la tierra y del cielo. De hecho Callahan considera que estas torres, así como otras estructuras similares del Mundo Antiguo, eran antenas que captaban la sutil radiación magnética del Sol y la transmitían a los monjes en meditación y a las plantas que crecían en la base de la torre. Este fenómeno sería posible gracias a la propia forma de la torre y a los materiales de construcción.

En efecto, las piedras empleadas (caliza, arenisca, basalto, granito...) tendrían propiedades paramagnéticas y funcionarían óptimamente como antenas y también como conductores de energía. Callahan apreciaba, además, que algunas torres presentaban rellenos de cascotes en determinadas porciones interiores, lo cual –lejos de ser un hecho aleatorio– indicaría que las torres-antenas habrían sido “sintonizadas” para resonar con ciertas frecuencias específicas.

Por otra parte, la misma posición geográfica de las torres mostraba que se hallaban distribuidas según un patrón que reflejaba la posición de las estrellas del hemisferio norte en el solsticio de invierno. Estos lugares, no casualmente, se encontraban sobre antiguos terrenos sagrados desde épocas remotas, coincidiendo así con otras antiguas civilizaciones como los egipcios o los mayas, que parecían conocer una resonancia energética entre determinados enclaves terrestres y ciertos cuerpos celestes.

Ante estos hechos, cabe preguntarse si los antiguos monjes irlandeses conocían estas propiedades y las utilizaban en su propio beneficio. Algo de ello podría haber, pues Kreisberg alude a modernos experimentos de exposición a campos de radiación electromagnética, en los cuales se pudo comprobar que los individuos analizados experimentaban un notable estado de bienestar y salud, aparte de alcanzar ciertos estados alterados de conciencia o de “trance” que podrían equipararse a las experiencias chamanísticas. Y así pues aquí podríamos tener otra posible explicación para la construcción de monumentos megalíticos, basada en el uso de los campos electromagnéticos.

Juntando todas las piezas, Kreisberg especula con que los antiguos conocían bien las propiedades del sonido y lo podrían haber usado básicamente con estos fines:

  • Hacia arriba: para la comunicación con los dioses
  • Al nivel de tierra: para la comunicación a larga distancia y para defenderse (el sonido como arma).
  • Hacia abajo (el inframundo): para entrar en estados alterados de conciencia o para comunicarse con el mundo espiritual.

Finalmente, cabe reseñar que recientemente (2014) se celebró en la propia isla de Malta un congreso internacional organizado por la Old Temples Study Foundation[3] sobre arqueoacústica a partir del proyecto llamado Hal Saflieni Hypogeum Acoustics Research Project, cuya finalidad es llevar a cabo un estudio científico completo de este enclave arqueológico desde la perspectiva del sonido. El informe sobre los resultados de esta primera experiencia está todavía pendiente de publicación.

© Xavier Bartlett 2014


Crédito imagénes: 1. Matthias Kabel 2. Dietrich Michael Weidmann 
3, 4 y 5. Extraídas del artículo Did Ancient Humans Have Knowledge of the Electromagnetic (EM) Spectrum?

 

Referencias


KREISBERG, G. Did Ancient Humans Have Knowledge of the Electromagnetic (EM) Spectrum? (2005), en www.grahamhancock.com/articles

KREISBERG, G. Mission Malta - Exploring the Sound and Energy Properties of Ancient Architecture (2014), en www.grahamhancock.com/articles

http://www.otsf.org/


[1] Esta disciplina es definida en Wikipedia como “el uso del estudio acústico como un enfoque metodológico en la arqueología. Esto puede implicar, por ejemplo, el estudio de la acústica de los yacimientos arqueológicos o el estudio de la acústica de artefactos arqueológicos.”
[2] Callahan escribió un libro al respecto titulado Ancient Mysteries, Modern Visions (1984)
[3] Se trata de una entidad cultural estadounidense sin ánimo de lucro fundada en 1994 y compuesta por profesionales de diversas disciplinas. Sus objetivos se han centrado en la preservación y difusión del gran legado arqueológico que representa el conjunto de templos megalíticos malteses, y más recientemente en su investigación arqueoacústica.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

El Antiguo Egipto según Clesson Harvey



En varios artículos anteriores he tenido la oportunidad de presentar el trabajo del casi desconocido investigador norteamericano Clesson H. Harvey, cuyas propuestas resultan extraordinariamente atrevidas y desconcertantes no sólo para la egiptología académica sino también para las visiones alternativas o incluso “piramidológicas”[1]. Cabe recordar que Harvey tenía un notable bagaje científico empírico (era físico y químico) pero que al adentrarse profundamente en el Antiguo Egipto y otras antiguas civilizaciones y tradiciones de todo el mundo elaboró una inesperada síntesis de la ciencia más avanzada y la espiritualidad o metafísica más pura.

Como resultado de su investigación, Harvey propuso una compleja y radical interpretación de los Textos de las Pirámides, que puede considerarse como una lectura única de estos famosos textos (supuestamente religiosos) de la civilización egipcia. No voy a extenderme ahora en este punto, pues ya expuse su enfoque en dos artículos específicos sobre esta cuestión y por tanto invito a los lectores a que revisen este material en este mismo blog.

Lo que ahora presento supone ir un paso más allá, ofreciendo a los lectores una visión general del Antiguo Egipto según Harvey, un viaje para el cual es preciso descargarse de todos los prejuicios e ideas preconcebidas sobre esta civilización. Lo cierto es que Harvey abarcó muchos temas en su estudio del Antiguo Egipto (algunos ya fueron esbozados brevemente en los artículos antes mencionados), si bien todos ellos girarían alrededor de un hilo conductor común, que es el mundo de la conciencia, que para Harvey habría quedado enmascarado bajo el inevitable cajón de sastre que es el ámbito de la religión y las creencias.

Así pues, paso sin más a ofrecer de forma resumida lo más destacado estas propuestas de Clesson Harvey. De todas formas, a modo de aviso para navegantes, es importante insistir en que ningún otro investigador, ni el ámbito académico ni en el alternativo, ha realizado las lecturas que hizo Harvey y que en muchos casos parecen faltas de contexto o de explicación.

El “Ojo de la Segunda Visión”


Para entender la egiptología de Harvey, es preciso presentar en primer lugar un concepto central de tipo metafísico que se repite constantemente en sus trabajos y que está en el eje de su explicación de los Textos de las Pirámides. Este concepto es el Ojo de Horus, o bien el Ojo de la Segunda Visión, que se definiría de este modo: “un solo punto en el centro exacto de la conciencia visual de cada persona que brilla como una estrella borrosa, de forma intermitente, a unos 15 cm. delante de la frente, incluso en la oscuridad total. Sabemos por la investigación moderna del cerebro que tal conciencia proviene de la actividad eléctrica de un punto correspondiente en alguna parte del cerebro físico. Los Textos de las Pirámides describen una isla no física o alma de conciencia inmortal que inicialmente está unida a la estrella reluciente física en el cerebro. Esta isla de conciencia completamente no-física es el Ojo de Segunda Visión.” Esta Segunda Visión, según Harvey, sería la visión propia de un estado de conciencia más elevado, muy superior a nuestra visión limitada con los dos ojos físicos.

Ahora bien, la apertura de tal Ojo no sería un camino fácil, tal como afirmaba el autor norteamericano, pues se debería abrir previamente la puerta de la estrella espiritualizadora y seguir ciertas instrucciones escritas en el libro Im Duat o Am Duat (texto del Imperio Nuevo, copiado de un texto de una cámara oculta). De hecho, Harvey decía no tener pruebas de que nadie hoy en nuestro mundo actual hubiera sido capaz de acceder a esa Segunda Visión, dado que la técnica descrita en los Textos de las Pirámides no habría sido reproducible más allá del Antiguo Egipto. En definitiva, Harvey consideraba que pese a tener fragmentos de esa técnica e incluso una palabra sagrada (“Sah” o estrella interior), el acceso a este Ojo –que parece muy cercano al concepto oriental del tercer ojo[2]– sería una tarea muy difícil de lograr. 
 

Las pirámides  


Harvey sostenía firmemente que las pirámides del Imperio Antiguo no fueron diseñadas originariamente como tumbas sino que tenían una función metafísica de iniciación o entrenamiento para ciertos elegidos. Según sus estudios de los Textos de las Pirámides, en el interior de la pirámide (y en completa oscuridad) se pronunciaba la llamada “palabra terrible”, tras lo cual se recitaban los Textos. Para ser más precisos, aunque tal descripción resulta más bien críptica, Harvey definía la pirámide como “la puerta física de la estrella espiritualizadora” que está vinculada al Ojo de la Segunda Visión no físico.

Además, Harvey observaba que las cinco pirámides donde se encontraron los Textos grabados en piedra (Unis, Teti, Pepi I, Merenre y Pepi II) eran enormes jeroglíficos megalíticos que contenían la clave del llamado Sekhem, “la masa restante del Poder de la Serpiente o Energía del Universo que es más de cien veces más potente que nuestra energía nuclear.”

Por lo que respecta a su construcción, tampoco creía en las explicaciones convencionales de la egiptología y apostaba por la levitación de las piedras mediante el poder del Ojo de la Segunda Visión. En todo caso, los constructores de facto de las pirámides megalíticas de la IV, V y VI dinastías habrían sido nueve entidades metafísicas o gigantes, que descenderían a la Tierra sólo una vez cada 26.000 años (un ciclo precesional).

En cuanto a su cronología, Harvey descartaba del todo la datación arqueológico-histórica y tomaba como base la Declaración 302, en la cual se hace una referencia astronómica que no se corresponde con nuestro actual ciclo precesional. De este modo, situaba la construcción de estos monumentos en un ciclo precesional anterior, esto es, hace 26.000 años, sin descartar que aún pudieran tener un ciclo más, o sea, 52.000 años. En este sentido, y a diferencia de las propuestas de Robert Bauval, que relacionaban directamente las pirámides con ciertas estrellas o constelaciones del firmamento, Harvey estaba convencido que tales estrellas no eran físicas, sino metafísicas (de la conciencia).

En este contexto, Harvey fustigaba una vez más a la egiptología académica asegurando que las dataciones y conceptos sobre el Egipto histórico estaban muy equivocados. En su opinión, los seres humanos (se ha de suponer que civilizados) ya habitaban Egipto hace 45.000 años. Asimismo, estaba convencido de que las cronologías de las seis primeras dinastías mencionadas por Manetón estaban mal fechadas, pues tanto las pirámides como sus Textos correspondientes serían coetáneos, y se remontarían a una antiquísima era predinástica[3]

Los Shemsu-Hor


Para Harvey, los seguidores de Horus o Shemsu-Hor (que él transcribe como Shemesu Heru) eran propiamente los seguidores de la Segunda Visión y se remontaban a la era predinástica; de hecho, ellos serían los responsables de la construcción de las pirámides. En suma, no se trataría de seres míticos –como afirma la egiptología– sino de personas reales de carne y hueso, una especie de minoría de elegidos que habrían vivido en un nivel de conciencia más alto que el nuestro. Sin ir más lejos, el último faraón de la quinta dinastía y todos los de la sexta habrían sido Shemsu-Hor.

Pero lo más sorprendente viene ahora: Harvey aseveraba que tales personas habían vivido a lo largo de la Historia de la Humanidad en un segundo plano, y que de hecho seguían viviendo en nuestro mundo actual. En su opinión, los seguidores de la segunda Visión siempre han estado aquí pero en muy escaso número y su paradero es desconocido; en todo caso sólo se podría dar con ellos a través del Ojo de la Segunda Visión.

La Atlántida y la Sala de los Archivos


Para John Anthony West, el Antiguo Egipto era de alguna forma el legado de una civilización anterior que podemos llamar Atlántida. Sin embargo, Harvey fue más allá y afirmó que el Imperio Antiguo egipcio era en sí parte de la propia Atlántida, según había deducido de los Textos de las Pirámides. De hecho, todo el alto conocimiento sobre el Ojo de la Segunda Visión sería propiamente un conocimiento de los atlantes.

La referencia directa a la Atlántida estaría de alguna manera justificada en el uso de la palabra ndit, que aparece en los Textos. Luego, miles de años después, los sacerdotes egipcios habrían explicado al legislador griego Solón la historia de un mundo perdido llamado itnd o itlend, una expresión derivada de ndit, que –pasando por el griego y luego el latín– daría lugar a nuestra voz Atlántida.

Según Harvey, los Textos nos hablan de un tiempo primigenio de la Atlántida que tendría su origen hace millones de años, en la “evolución paranormal de la humanidad sobre la Tierra.” Por supuesto, los Textos no mencionan los últimos tiempos y la destrucción de la Atlántida –tal como la describe Platón– pues sin duda serían más antiguos. Otro dato curioso sobre tales épocas atlantes es que se cita la existencia de gigantes, si bien los traductores ortodoxos habrían modificado esta palabra (bien conocida en el vocabulario jeroglífico) para convertirla en “grandes”.

En cuanto a la escurridiza Sala de los Archivos, mencionada a mediados del siglo XX por el vidente Edgar Cayce, Harvey creía firmemente en su existencia a partir de los textos del Im Duat, que revelarían la posición de una cierta cámara oculta (Ot Imenet) al sur de la gran Pirámide y al oeste de la Gran Esfinge. Según su visión, los textos, que aparecen estructurados en 12 partes u horas estarían copiados de las paredes de dicha cámara. (Por cierto, tomando ciertas declaraciones que muestran dos cabezas de la esfinge, Harvey especuló con la posible existencia de una segunda esfinge, ahora destruida, al sur de la pirámide de Khufu)[4].

La escritura jeroglífica


Harvey aprendió a leer la escritura jeroglífica con el egiptólogo Klaus Baer en los años 60 y luego la estuvo estudiando durante muchos años, llegando a la conclusión de que los grandes traductores académicos (empezando por el propio Faulkner) se habían quedado muy lejos del sentido real de este lenguaje y que incluso habían dicho tonterías. Desde su punto de vista, los jeroglíficos constituían un sistema de escritura que se podía programar, algo así como un lenguaje de tipo informático.

En cuanto al origen y naturaleza de esta escritura, Harvey tomaba como referencia básica los Textos de las Pirámides y extraía de ellos las siguientes conclusiones:

  • Los signos jeroglíficos son definidores atlantes.
  • El deletreo jeroglífico de una palabra es su definición atlante.
  • La gramática jeroglífica es programable.
  • Las preposiciones jeroglíficas son signos de casos atlantes.
  • El vocabulario jeroglífico es un diccionario atlante.
  • La escritura jeroglífica tiene más de 78.000 años.

Además, otro de sus descubrimientos es que la antigua lengua egipcia contenía claros paralelismos con el antiguo sánscrito de los hindúes. Por ejemplo, en palabras del propio autor, “la expresión djed significa 'dicho' o 'respirado' en el contexto de meditación, como el sonido de la palabra mantra Sah. Así pues, el djed medu de los Textos de las Pirámides es una forma de control de la respiración que es extrañamente similar al sahita-kumbhaka del leguaje sánscrito de la antigua India, y el jeroglífico pet o 'práctica de levitación' es como el sánscrito khechari-mudra o 'práctica de movimiento en el espacio' (levitación).”

Conocimientos avanzados en el Antiguo Egipto


Clesson Harvey estaba convencido de que el Antiguo Egipto tenía un nivel de conocimientos científicos (y metafísicos) muy superior al actual. En sus artículos ya mencionaba la presencia –según diversos textos– de altos conocimientos de matemáticas y de física, pero fue en su obra “Opening the door to immortality” en la que lanzó un órdago completo a la ciencia convencional. En este libro interpretaba los textos de la pirámide del faraón de la VI dinastía Merenre (que él transcribe como Meri-en-Ro) como una serie de cartas o instrucciones para el rey escritas por una entidad etérea o maestro espiritual llamado Tem, “el primero o el más alto de los nueve estados de conciencia de la mecánica cuántica en todo el universo”.

En estas cartas, el maestro Tem enseñaba a Merenre que lo que mueve efectivamente el Universo es la Conciencia, y Harvey apreciaba que este concepto de Conciencia está directamente relacionado con nuestra moderna física cuántica. Así, el propio Erwin Schrödinger reconocía que el Universo se comportaba como la conciencia, si bien no sabía definir exactamente qué era ésta. En este punto retomaba a Pitágoras, el cual afirmaba que “Todo es número”, y partir de aquí Harvey asumía que estos números eran en realidad los números atómicos de la tabla periódica de elementos, los cuales tendrían vida o entidad propia. Asimismo, Tem decía al rey que la Conciencia (el ka o carga eléctrica en todas sus formas) era la que causaba toda fuerza a una distancia. De este modo, las fuerzas nucleares o gravitacionales resultarían ser siempre modificaciones de una Fuerza eléctrica alterna de la Conciencia, o carga eléctrica. Y lo que viene a ser más desconcertante es que Harvey relacionaba directamente la clásica Enéada de grandes dioses egipcios con los nueve estados de mecánica cuántica de Atención Visual o Conciencia presentes en el Universo, siendo éstos asimilables a las nueve familias químicas de átomos...

Últimas reflexiones


En fin, para un lego es muy complicado valorar estas afirmaciones, pues la mezcla de tales conceptos –sobre todo sin conocer a fondo ni los principios de la física y la química ni las enseñanzas místicas orientales– causa un cierto asombro y desorientación. Por todo ello, bien podríamos decir que Harvey, o bien fue demasiado lejos con sus especulaciones sobre los Textos de las Pirámides (es decir, construyó una fantasía paracientífica con muy poco fundamento) o bien fue un visionario capaz de traspasar lo superficial para dar con una lectura correcta de una ciencia desaparecida que cabalga entre lo físico y lo metafísico.

Y, concluyendo, puede que también el Sr. Harvey tuviera su pequeña –o gran– dosis de ego (aunque ello me parece dudoso dada su aparentemente sincera adscripción a la meditación y espiritualidad) y por este motivo quiso desmarcarse bien a las claras del mundo académico y de otros autores, dejando estas palabras como testimonio de su particular empeño:

“Actualmente soy el único traductor del mundo que cree que los antiguos egipcios escribieron sobre cosas espirituales con extraordinaria precisión en los Textos de las Pirámides y que sus palabras no deberían ser constantemente rescritas por egiptólogos desesperadamente incoherentes.”

Sólo el tiempo dirá si se acercó, o no, a una interpretación correcta del Antiguo Egipto.

© Xavier Bartlett 2014


Fuentes: www.pyramidtexts.com y “Opening the door to immortality”


[1] Este distanciamiento con el mundo alternativo se plasma en el hecho de que Harvey había tenido algún contacto con Graham Hancock y con Robert Bauval y les había expresado su opinión sobre la naturaleza metafísica y no astronómica de las estrellas, pero según él mismo reconocía “había sido ignorado educadamente” de la misma manera que ellos habían sido ignorados por la Egiptología.
[2] Harvey equiparaba los conceptos místicos de los textos de las Pirámides con los antiguos textos sagrados hindúes, y de alguna manera el Ojo de la Segunda Visión se correspondería con el sexto chakra de la tradición hindú.
[3] De hecho, la egiptología ya acepta que los Textos de las Pirámides, aunque aparecen por primera vez en una pirámide de la V dinastía (faraón Unis), tendrían una gran antigüedad, al relacionarse con antiguos cultos y creencias de las primeras dinastías o incluso de un tiempo predinástico.
[4] Este tema no es completamente nuevo, pues otro investigador, el egipcio Bassam el Shammaa, basándose en los propios textos egipcios antiguos y en análisis fotográficos de la NASA, defendió la existencia de una segunda Gran Esfinge, justo al lado de la primera.