miércoles, 28 de diciembre de 2016

Anécdotas y curiosidades del mundo de la arqueología


Llegamos a fin de año y cerramos ya la 4ª temporada de La otra cara del pasado. A modo de divertimento y regalo navideño me permito ofrecer a todos los lectores una serie de pequeñas historias o anécdotas del mundo de la arqueología oficial  que por uno u otro motivo tienen su punto curioso o insólito. Que ustedes lo disfruten.
 

Ante la duda... los romanos


Cromlech de Stonehenge
Hasta hace no muchas décadas el ahora emblemático y famoso yacimiento megalítico de Stonehenge (Gran Bretaña) era apenas un montón de notables ruinas que nadie comprendía bien. Para el pueblo llano, las piedras “siempre habían estado allí”, mientras que para los eruditos la identidad de los constructores de tal monumento constituía todo un misterio. Ya desde los inicios de la Edad Moderna se habían sugerido las más diversas hipótesis, con poco o ningún fundamento. Pero quien se llevó la palma en propuestas imaginativas fue el arquitecto real Iñigo Jones (siglo XVII), buen conocedor –en teoría– del arte clásico, que se despachó a gusto afirmando seriamente que se trataba de las ruinas de un templo romano, dedicado concretamente al dios Caelus (Urano) ¡y de orden toscano![1]

La cosa tiene su gracia, porque precisamente Jones era reconocido por realizar obras de estilo clásico (renacentista), y además debía conocer algunos restos romanos todavía en pie en diversos puntos del país. No obstante, Jones apreció en la disposición de los megalitos un determinado patrón geométrico, que atribuyó sin duda a arquitectos romanos.

Una colina muy sospechosa


Es bien sabido en arqueología que muchas colinas aparentemente naturales se han formado por la constante ocupación humana de un mismo espacio, esto es, la sucesiva superposición de asentamientos a lo largo de los siglos o milenios. Esto se traduce en una acumulación de estratos de origen artificial que finalmente, con el abandono y la erosión natural, se acaban transformando en suaves colinas.

Sin embargo, existe un caso muy curioso en que la colina en cuestión no estaba formaba por restos de estructuras y capas de sedimentos. El arqueólogo alemán Heinrich Dressel tuvo la fortuna de excavar por primera vez –a finales del siglo XIX– el llamado Monte Testaccio, en Roma, una colina de poco menos de 40 metros de altura, con una base de unos 20.000 metros cuadrados. Y allí pudo comprobar cómo el nombre tradicional dado a este monte (“de los tiestos”) tenía pleno sentido: toda la colina, recubierta de vegetación superficial, ocultaba un enorme vertedero de época romana, compuesto básicamente por millones de cascotes de ánforas romanas, principalmente procedentes de la Bética y de África, y que transportaban aceite o vino. En aquella época no existía el reciclaje de envases[2], y una vez vaciado el contenido, las ánforas se rompían y –tras recubrirse con capas de cal para evitar malos olores– se amontonaban a las afueras de la ciudad.

Así es como creó este gigantesco apilamiento de desechos entre los siglos I a. C. y III d. C. que progresivamente se fue abandonando hasta convertirse en una auténtica colina de aspecto “natural”. Sea como fuere, gracias a los restos de unos 26 millones de ánforas, Dressel pudo componer la primera tipología de estos artefactos, que todavía es vigente con pequeños cambios y que un servidor de ustedes estudió religiosamente en su día.

Entre la piratería y la arqueología


Aunque las películas del famoso Indiana Jones han distorsionado grandemente la imagen de la arqueología como ciencia, no van muy desencaminadas en cuanto a presentar cierto arquetipo de buscador de tesoros –y a la vez erudito– que hacía lo posible y lo imposible para conseguir sus objetivos, recurriendo a las males artes cuando procedía. Lo que ocurre es que esos personajes no vivieron a inicios o mediados del siglo XX (la época de Indiana) sino un siglo antes, cuando casi todo estaba por hacer y la arqueología era más bien cosa de anticuarios, viajeros y aventureros, sobre todo en el ámbito de la arqueología “exótica” de redescubrimiento de las antiguas civilizaciones.

Giovanni Batista Belzoni
Entre estos pioneros cabe destacar a Giovanni Batista Belzoni (1778-1823), un forzudo y pintoresco italiano que ejerció de “egiptólogo” a inicios del siglo XIX. En realidad, Belzoni fue un aventurero que se estableció en Egipto en 1815 y que enseguida apreció que el mercado de las antigüedades podía ser un negocio muy rentable. Así pues, se puso al servicio del cónsul británico en El Cairo y trabajó para él en calidad de “conseguidor de antigüedades”, con sus propios agentes y ayudantes. Esta actividad, en aquellos tiempos, era poco menos que una lucha sin reglas entre bandas mafiosas para obtener objetos a cualquier precio y sin el menor escrúpulo científico o legal[3].

En su libro Narrative of the Operations and Recent Discoveries within the Pyramids, Temples, Tombs and Excavations in Egypt and Nubia, Belzoni narró varios episodios tragicómicos de sus andanzas y negocios, entre los cuales cabe destacar, por ejemplo, su peculiar manera de “asaltar” las antiguas tumbas, sin rigor ni metodología pero sí con mucha torpeza y avidez por hacerse con las preciadas antigüedades:

“Tras el esfuerzo de entrar en semejante lugar, por un corredor de 50, 100, 300 o quizás 600 yardas, casi deshecho, busqué un lugar de descanso, y cuando lo encontré me senté en él; pero al caer mi peso[4] sobre el cuerpo de un egipcio lo aplastó como si se tratase de una sombrerera. Busqué con las manos algún apoyo, pero al no hallarlo me hundí por completo entre la momia rota, entre un crujir de huesos, andrajos y féretros de madera y levantando una polvareda que me mantuvo paralizado durante un cuarto de hora esperando a que desapareciese. No podía, sin embargo, levantarme de aquel lugar sin aumentarla y a cada paso espachurraba alguna de las momias. [...] La intención de mis investigaciones era robarle a los egipcios sus papiros, algunos de los cuales encontré escondidos en los pechos, bajo los brazos, entre las nalgas o en las piernas, y cubiertos de telas dobladas que envolvían a las momias.”[5] 

Una mica muy valiosa


Leopoldo Batres (1852-1926) fue un famoso antropólogo y arqueólogo mexicano de finales del siglo XIX e inicios del XX que tuvo el honor de excavar importantes yacimientos de las civilizaciones precolombinas de su país. Batres fue uno de los típicos sabios nacionales de aquellos tiempos que trabajó bajo la protección del régimen de Porfirio Díaz (el Porfiriato), y que gozó de grandes prerrogativas en sus labores. Además, se le reconoce haber dado un gran impulso a la arqueología del país y haber promovido instituciones y legislaciones en este ámbito.

Trabajos en Teotihuacan a inicios del siglo XX
Sin embargo, su vasta actividad arqueológica no siempre resultó metódica ni honesta, y ciertamente se puede decir que estuvo rodeada de polémica, ya desatada en su época y que ha llegado prácticamente hasta nuestros días. En concreto, se habla mucho de su controvertida intervención en Teotihuacan entre finales del siglo XIX y principios XX, cuyo propósito era desbrozar, dejar a la vista y recuperar el gran complejo monumental –pirámides incluidas– de este famoso yacimiento arqueológico, tarea que le llevó varios años. Sobre este caso, se dice que llegó enfrentarse a los campesinos de la zona –que reclamaban el cese de las obras por el impago de las indemnizaciones– y que ante sus quejas llegó a echar mano de un rifle, disparando al aire, para hacer valer su posición. 

Entre otras críticas, también se le atribuye el uso generoso de dinamita para “acelerar” los trabajos[6] y el abuso de su cargo para hacerse con un terreno en el propio enclave de Teotihuacan, en el cual luego edificaría un hotel. Asimismo, se le acusó de apropiarse de objetos auténticos extraídos del lugar y de crear una fábrica de falsos artefactos antiguos, todo ello lógicamente con fines lucrativos. Pero entre sus correrías y malas prácticas cabe mencionar su lamentable excavación de la famosa “Pirámide del Sol”, la cual según muchos expertos, sufrió deterioros irreparables, especialmente en su capa de revestimiento. El monumento era entonces una colina “natural” que tuvo que ser desbrozada laboriosamente para poder acceder a su estructura de piedra. Y al llevar a cabo tal empresa, Batres apreció que la pirámide mostraba un grueso recubrimiento de mica en una de sus terrazas superiores. Y ni corto ni perezoso, Batres decidió extraer este material de su localización original, saltándose cualquier criterio de conservación y estudio científico, para venderlo en su beneficio, dada su alta cotización en el mercado. Sin comentarios...

El vino embotellado más antiguo del mundo


Como es bien reconocido, los romanos eran grandes productores y consumidores de vino. De hecho, ya desde épocas muy antiguas el comercio de vino fue una de las actividades económicas más importantes del área mediterránea y europea. Los romanos, concretamente, transportaban el vino a grandes distancias por vía marítima en los clásicos contenedores de cerámica que conocemos como ánforas. Y así es normal que en casi cualquier excavación de un asentamiento romano se encuentren muchos fragmentos de ánforas. Pero para los arqueólogos subacuáticos del siglo XX fue todo un evento encontrar bajo los aguas algunas ánforas intactas que aún tenían el tapón sellado. Me consta que al menos en un caso una ánfora intacta, extraída de un pecio hundido cerca de la costa de Marsella, fue abierta, pero los investigadores se quedaron con las ganas de catar el añejo vino romano, pues ya se había convertido en un brebaje totalmente imbebible.

Lo que es mucho menos conocido por la gente es la existencia de “vino embotellado romano”[7]. De hecho, en Alemania se conserva la botella de vino (intacta) más antigua conocida hasta la fecha, a la que se ha bautizado como Römerwein. Se trata de un hallazgo del siglo XIX; concretamente de la tumba de un noble romano descubierta en la localidad de Speyer (Renania-Palatinado) en 1867. Entre el ajuar funerario se encontraron hasta 16 botellas de cristal, y lamentablemente todas estaban rotas... menos una, que se conservaba en buen estado. En efecto, los arqueólogos pudieron comprobar que dentro de la botella todavía quedaba líquido, de un tono más bien blanquecino. Se rumorea que a inicios del siglo XX se analizó el líquido para comprobar que fuera vino, pero esto parece muy improbable pues la botella permanece aún sellada.

Los investigadores han concluido, por el contexto arqueológico, que la botella data del siglo IV d. C. y que muy probablemente se trata de auténtico vino, pero de momento no hay intención de abrirla para proceder a un análisis del líquido pues se teme que el contacto con el aire pueda estropear el contenido. La enóloga germana Monika Christmann considera que tal vez el vino no esté microbiológicamente estropeado, pero que resultaría repulsivo para el paladar. Además, es bien posible que este vino contenga aceite y hierbas aromáticas, según el gusto y los hábitos de la época. Y para los que no conozcan el dato, es procedente recordar que –por si fuera poco– los romanos solían mezclar el vino con agua, servirlo caliente... ¡y hasta endulzarlo con miel!

El dios egipcio que ayudó a Gaston Maspero


A finales del siglo XIX, en Egipto ya se habían explorado numerosas pirámides de diversas épocas y dinastías y el resultado había sido bastante frustrante. El célebre egiptólogo francés Auguste Mariette ya daba por hecho que las pirámides eran monumentos ruinosos, saqueados mayoritariamente en tiempos remotos, y que apenas ofrecían información al ser edificios mudos, pues prácticamente no se habían hallado inscripciones en su interior, a diferencia de los templos y tumbas, los cuales solían estar literalmente recubiertos de jeroglíficos.

Así las cosas, en 1880 Mariette –ya hacia el final de su vida– emprendió la exploración de varias pirámides en Saqqara a la búsqueda de esas escurridizas inscripciones, aparte de otros posibles restos. Pero Mariette falleció al año siguiente sin haber logrado reconocer los increíbles resultados de esas exploraciones. Fue su sucesor, Gaston Maspero, el que se llevó toda la fama de haber descubierto, junto con otros miembros de su equipo, el extenso conjunto de inscripciones egipcias que hoy conocemos como los Textos de la Pirámides, el texto religioso-funerario[8] de la Humanidad más antiguo hallado hasta la fecha. Así, se identificaron algunos fragmentos de estos textos en pirámides de faraones de la VI dinastía como Pepi I o Merenre.

Pirámide del faraón Unis (Saqqara)
Pero quien se llevó el premio gordo fue el propio Maspero, que estaba tratando –sin éxito– de hallar la entrada al interior de la pirámide del faraón Unis (o Unas), último faraón de la V dinastía. No obstante, un día observó con gran asombro cómo un chacal se acercaba al pie de dicha pirámide y luego desaparecía entre las arenas del desierto. El egiptólogo francés pensó entonces que el chacal, de algún modo, había logrado introducirse en la pirámide por alguna obertura en la base del monumento. Y viendo que allí podía haber “algo”, Maspero envió a uno de sus ayudantes nativos para que explorara la zona por donde había desparecido el animal. El ayudante encontró entonces el inicio de un pequeño túnel que más adelante se hacía más grande hasta permitir el paso de una persona. De este modo, el egipcio se fue abriendo paso por el subsuelo de la pirámide hasta ir a parar a la cámara funeraria del monumento... que estaba llena –en sus paredes y techo– de miles de signos jeroglíficos con los Textos de las Pirámides. Maspero procedió de inmediato a su estudio y conservación, y ofreció al mundo la primera traducción de tales escritos en 1892.

Pero lo mejor de esta historia es la bella metáfora del descubrimiento, pues en el antiguo Egipto, el chacal era el animal que representaba al dios funerario Upuaut, que literalmente se traduce como “el abridor de caminos”[9]. Así pues, no sería exagerado afirmar que Upuaut echó una mano al bueno de Maspero para recuperar una importantísima porción del legado cultural del Egipto de los faraones.

© Xavier Bartlett 2016

Fuente imágenes: Wikimedia Commons e INAH



[1] El orden toscano es un estilo arquitectónico de origen etrusco adaptado por los romanos, y que básicamente consiste en una simplificación del estilo griego dórico. Tal vez Jones, al ver la simplicidad de los megalitos, pensó que el monumento original habría sido de ese estilo.
[2] Simplemente por razones logísticas y económicas; no salía rentable.
[3] A este respecto, Belzoni tenía como enemigo acérrimo a un tal Drovetti, que trabajaba en un cargo similar al suyo para el cónsul de Francia. Cada banda pugnaba por obtener los mejores tesoros y no dudaban en recurrir a las armas, a las amenazas o a todo tipo de artimañas para lograr sus propósitos.
[4] Belzoni era muy corpulento y medía unos dos metros.
[5] DANIEL, G. Historia de la arqueología. Alianza Editorial. Madrid, 1986. (pp. 50-51)
[6] En realidad, esta fue una práctica muy en boga durante todo el siglo XIX, llevada a cabo por insignes arqueólogos, que tenía como fin acelerar y economizar los trabajos más pesados para llegar a la meta deseada, aun a costa de causar una gran destrucción en el propio yacimiento arqueológico. De todas formas, otras fuentes consultadas afirman que Batres no empleó dinamita en Teotihuacan.
[7] Fuente: http://www.labrujulaverde.com/2016/12/la-botella-de-vino-sin-abrir-mas-antigua-que-se-conserva-tiene-mas-de-1-500-anos
[8] No obstante, algunos autores alternativos han rebatido esta interpretación y opinan que se trata en gran parte de un tratado de astronomía (Bauval) o bien un compendio de una especie de ciencia metafísica, relacionada con la conciencia y la física cuántica (Harvey) Véase al respecto mi artículo sobre visiones alternativas de los Textos de las Pirámides en este mismo blog.
[9] Precisamente un siglo después, el ingeniero alemán Rudolf Gantembrink bautizaría como “Upuaut” a los dos robots que empleó para explorar los conductos de la Gran Pirámide. 

2 comentarios:

orlando mober dijo...

Estimado x.:
hablando de fraudes y malas artes, he visto en alguna parte de la red fotos de la "costruccion " de Stonehenge por los britanicos a principios del siglo pasado, (segun estas no existian con anterioridad los megalitos que lo caracterizan) ¿sabes algo sobre este tema?
Real o no dicho monumento,es muy notable la diferencia que se aprecia entre las rocas verticales y las losas horizontales, estas parecen talladas con esmero, contastando con la rusticidad de las primeras.
saludos y buen año

Xavier Bartlett dijo...

Estimado Orlando,

Gracias por el comentario. Sí, tengo noticia de que a mediados del siglo XX tuvo lugar una reconstrucción de los trilitos de Stonehenge. A ver, hay tradiciones, grabados y dibujos antiguos que nos muestran que el monumento estaba ahí desde hacía siglos, pero posiblemente en un estado mucho más ruinoso de lo que se puede ver ahora. No tengo información directa sobre los criterios empleados para realizar la restauración, pero no creo que podamos hablar de una "falsificación" del monumento. En cuanto al aspecto de las losas, yo no veo una gran diferencia y doy por hecho que son de la misma época y realizadas con técnicas similares. Lo que es posible es que por razones de estabilidad las losas horizontales se trabajasen con más esmero para que no se moviesen sobre los pilares verticales.

Saludos,
X.