domingo, 19 de marzo de 2017

¿Existió el mítico oricalco de la Atlántida?


Ya es cosa habitual que con cierta frecuencia vayan apareciendo noticias, artículos, libros y documentales sobre la mítica Atlántida de Platón, un tema que la arqueología alternativa ha explotado hasta la saciedad desde casi todos los enfoques. A su vez, la arqueología académica se ha mantenido discretamente al margen por considerar que el relato de Platón es pura literatura, una ficción que hunde sus raíces en la mitología y que carece de veracidad histórica[1]. A este respecto, los expertos académicos se remiten una y otra vez a la falta de pruebas históricas, arqueológicas o geológicas mínimamente fiables que respalden la existencia del continente atlante y su fabulosa civilización.

Sin embargo, cualquier pista en forma de hallazgo arqueológico que pueda relacionarse con la Atlántida –aunque sea de manera especulativa o forzada– no deja de atraer tanto a los investigadores alternativos como a algunos arqueólogos ávidos de ofrecer grandes descubrimientos. En este sentido, hace apenas un par de años saltó a los titulares de los medios de comunicación el hallazgo de un pecio griego hundido en el Mediterráneo en el siglo VI a. C. que transportaba unos lingotes de un raro metal que supuestamente era propio de la Atlántida. 

Lingotes hallados en el Mar de Gela (fuente: Ansa)
Concretamente, la noticia hablaba de una nave griega hallada a poca profundidad y cerca de la costa, en el Mar de Gela (al sur de Sicilia), por un equipo de arqueólogos subacuáticos de la asociación Mare Nostrum. Entre los restos del pecio –ya localizado y explorado desde hacía algún tiempo– los buzos identificaron 39 lingotes de un metal dorado que despertó la atención de los expertos. El arqueólogo y Superintendente del Mar de la región de Sicilia, Sebastiano Tusa, declaró a los medios que se habían recuperado diversos objetos del cargamento del barco entre los cuales había abundante cerámica griega, una rueda de molino y una estatuilla de la diosa Démeter. No obstante, lo más valioso parecía ser el conjunto de esos 39 lingotes dorados, ya que se trataría de una prueba arqueológica de la existencia del metal llamado oricalco u orichalcum, un material que aparece citado en los diálogos de Platón –el Timeo y el Critias– en que se describe la Atlántida.

El dios Poseidón y los restos de la Atlántida
De hecho, en el Critias se dice literalmente: “...la isla les proporcionaba la mayor parte de las cosas necesarias para vivir; primeramente cuanto es extraído del suelo por la minería era sólido y fusible, y lo que ahora únicamente se nombra, entonces era más que un nombre, el oricalco, extraído de muchos lugares de la isla y el más preciado por los de entonces con la excepción del oro...”[2] Los atlantes tendrían en gran estima al oricalco por su reluciente brillo, que simbolizaría el fuego que poseía, y tendría un alto valor religioso dado que –según algunos cronistas de la Antigüedad– se empleaba en el culto a Poseidón (dios de los mares) y a otras divinidades del panteón griego. En cuanto a su origen, y según la etimología griega, oricalco significa “cobre de la montaña”, lo que de algún modo ha hecho considerar a muchos expertos en mineralogía que dicho metal era semejante al cobre o bien que era una aleación de cobre con otros metales como el zinc y el plomo, lo que se conoce desde tiempos de los romanos con el nombre popular de latón dorado.

Por de pronto, los análisis realizados sobre los lingotes hallados en los restos del pecio mostraron que, en efecto, contenían un alto porcentaje de cobre (hasta el 80%), en tanto que el 20% restante sería casi todo de zinc, con trazas de níquel, hierro y plomo.  Ahora bien, pese a que estos datos han llevado a algunos a afirmar que se ha descubierto el “auténtico” oricalco y que por tanto es una sólida prueba de la existencia de la Atlántida, habría que ser muy cautelosos y rebajar las expectativas planteadas, puesto que ciertos investigadores y medios de información tienden a sobredimensionar según qué noticias arqueológicas[3] y a extender el sensacionalismo simplemente para atraer más atención, patrocinios o lectores. Vamos a repasar pues las principales incógnitas acerca del oricalco y también algunas teorías más o menos atrevidas sobre este metal y su relación con la ubicación de la Atlántida.

En primer lugar, tenemos la gran duda de si Platón se inventó el oricalco –inspirándose quizá en algún metal conocido en su época– o si realmente se refirió a un metal auténtico. Para ser sinceros, a día de hoy sólo tenemos especulaciones, basadas en posibles relaciones entre diversos metales y aleaciones y el escurridizo oricalco. Tomando literalmente el Critias, que habla de la extracción del oricalco en muchos lugares de la isla (la Atlántida), deberíamos descartar la hipótesis de la aleación de varios metales, ya que la fuente habla de un solo material. Asimismo, Platón sugiere que ya en su época (siglo V-IV a. C.) el oricalco no era más que un nombre, esto es, que se había perdido en la noche de los tiempos. Aquí podríamos lanzar la conjetura de que se tratase de un metal que muy probablemente se extraía únicamente de las minas de la Atlántida y de ningún otro lugar, y que por tanto al desaparecer el continente-isla se habría perdido para el resto del mundo en una era remota[4].

Moneda del emperador Claudio en latón (oricalco)
En segundo lugar, aun pasando por alto la controversia de la aleación, no hay forma de equiparar el latón dorado al oricalco de manera segura. Podemos admitir que es una aproximación válida pero no disponemos de suficientes elementos de contraste para certificar esa relación. Ni siquiera los citados lingotes hallados en el mar de Gela son una prueba concluyente, puesto que vincular una aleación conocida y utilizada en el siglo VI a. C. –el auténtico latón dorado– con un metal supuestamente desaparecido muchos milenios atrás es un mero ejercicio especulativo. Así, sabemos que ese latón ya fue empleado en el Mundo Antiguo, por ejemplo, para acuñar monedas y para realizar objetos ornamentales de gran valor, y es muy posible que dichos lingotes estuvieran destinados precisamente a la acuñación de moneda. Pero nada parece sugerir, según las escasas referencias antiguas al oricalco, que este metal legendario tuviese la misma composición que el latón dorado; de hecho, nadie sabía exactamente en qué consistía el oricalco.

Otro asunto sería plantear que los tiros no fueran por ahí y que el oricalco fuese en realidad una cosa bien diferente de lo que propone la mayoría de expertos. En este sentido, se han formulado al menos dos vías alternativas, una “no metálica” y otra “metálica”, la cual incluye una cierta complejidad, dado que propone una hipótesis de trabajo bastante heterodoxa sobre el origen y la localización de la Atlántida.

Orfebrería tartesia (tesoro de El Carambolo)
Lo que sería la vía “no metálica” ha sido defendida por algunos investigadores que consideran que el oricalco no era en sí un metal (fuese en aleación o no) sino ámbar[5], una piedra semipreciosa, ya muy buscada y cotizada en la Edad del Bronce, que sería extraída en la región báltica y luego comercializada en el ámbito mediterráneo a través del casi mítico territorio de Tartessos, al sudoeste de la Península Ibérica. Esta hipótesis, desde luego, da por hecho que la Atlántida se debería situar en el Mediterráneo o muy próxima a éste –según la literalidad de la narración platónica– y que Tartessos podría tener una relación directa con la Atlántida, si es que no era ella misma, más o menos desfigurada o reinterpretada por Platón, que la habría tomado como modelo o inspiración para su historia. 

Y si nos olvidamos por un momento del ámbar, cabe resaltar que el sudoeste peninsular siempre ha sido una rica región minera con abundancia de diversos metales y con una avanzada metalurgia y orfebrería en la Edad del Bronce (época en la que se desarrolló la cultura tartesia). Sobre la identificación de Tartessos con la Atlántida ya escribí en su día un extenso artículo, sobre todo a partir de las antiguas investigaciones de Schulten y las más modernas de Díaz-Montexano, por lo cual me remito a ese material para no desviarme ahora del argumento sobre el oricalco.

De todas formas, aun reconociendo la alta valoración del ámbar en el Mundo Antiguo y su relación con las antiguas civilizaciones mediterráneas, tampoco podemos establecer conexiones con el oricalco atlante sólo porque el ámbar sea de color amarillo (o miel) y relativamente brillante. Además, se ha de tener en cuenta que en época de Platón el ámbar era un material bien conocido y apreciado, lo cual no casa con un metal del cual sólo quedaba el nombre. Pero, claro, si admitimos tácitamente que Platón se pudo tomar las oportunas licencias poéticas y literarias, casi todo es posible.

Paisaje del Altiplano boliviano
Si nos vamos ahora a la vía “metálica”, entonces se abren nuevas puertas a toda una visión alternativa sobre la Atlántida. Así, frente a los muchos que sitúan el mítico continente en el Mediterráneo o bien en medio del Atlántico, existe una corriente de investigadores que lo ubican en América del Sur (y más específicamente en los Andes), coincidiendo con las opiniones de algunos autores heterodoxos que propugnan el nacimiento de la civilización en aquellas tierras y no en Mesopotamia o Egipto. Uno de los representantes más destacados de esta línea de investigación es el cartógrafo británico James Allen, que ha estado varias veces en el Altiplano andino buscando las huellas de la Atlántida a partir del relato platónico.

En síntesis, lo que viene a exponer Allen es lo siguiente: Tomando la referencia de que la Atlántida estaba “más allá de las columnas de Hércules” (estrecho de Gibraltar) y que no hay ni hubo –en su opinión– ninguna isla grande o continente en medio del océano Atlántico, por fuerza Platón debía referirse a Sudamérica. A partir de este punto, Allen ha estudiado la descripción platónica y ha identificado la enorme llanura rectangular cercana al mar y rodeada por montañas con el Altiplano de los Andes, incluso con una cierta paridad en las medidas. Por otro lado, esta llanura contendría el famoso canal de unos 180 metros de ancho citado en los diálogos y que divide en dos esta vasta región.

Vista de Pampa Aullagas junto al lago Poopó
En cuanto a la capital de los atlantes, situada en la misma llanura y conectada al mar por el gran canal, Platón habla de un terreno elevado rodeado por unos anillos concéntricos de canales de tierra y agua. Esta localización específica, según Allen, se correspondería con un terreno elevado llamado Pampa Aullagas, junto al lago de Poopó, que tendría cierta semejanza en algunas dimensiones y formas (incluyendo supuestos canales circulares) con lo narrado por Platón, si bien no hay allí ninguna estructura artificial reconocible.

Puerta del Sol (Tiahuanaco)
Por supuesto, Allen contempla el escenario de que el paisaje actual sudamericano ha sufrido fuertes cambios a lo largo de los milenios y que posiblemente hace varios miles de años las aguas llegaron hasta esta zona, ahora muy seca, y que progresivamente se fueron retirando hasta quedar concentradas en unas pocas áreas húmedas y lagos, como el famoso Titicaca, situado junto al imponente enclave de Tiahuanaco. Así pues, para Allen y otros autores, Tiahuanaco podría ser un legado de la Atlántida, uno de los diez reinos que existían en el continente, y que entonces tendría incluso un puerto que lo conectara al océano, pues en la zona próxima de Puma Punku se han apreciado grandes estructuras que parecen embarcaderos o muelles. Además, algunas prospecciones subacuáticas realizadas en el Titicaca han señalado la presencia de bloques de piedra y posibles estructuras artificiales, lo cual demostraría la gran antigüedad de esos restos, que un día estuvieron lógicamente en la superficie. Y todo ello estaría en la línea de las primeras investigaciones a cargo del arqueólogo Arthur Posnansky, que dató el conjunto de Tiahuanaco en nada menos que 15.000 a. C. (una era “antediluviana”) a partir de unas observaciones arqueoastronómicas llevadas a cabo en el Kalasasaya[6].

No obstante, en lo que atañe propiamente al mítico oricalco, la investigación de Allen nos ofrece una pista nada desdeñable, aunque sin salir aún del ámbito de las conjeturas. En efecto, el Altiplano (sobre todo en Bolivia) acoge una riqueza mineralógica más que notable, lo que incluye la presencia de aleaciones naturales muy poco frecuentes o inexistentes en otros lugares. Y en entre esta variedad, cabe destacar que en las minas de Urukilia se halla una rara aleación pura de oro y cobre –que no existe en ningún otro rincón del planeta– con la que las culturas nativas de la región realizaron numerosos objetos de un característico brillo dorado.

Por un lado, este dato podría recordarnos al oricalco por el hecho de combinar cobre y oro, lo que se traduce en un brillo muy destacado y porque de alguna manera cumple lo expresado en el Critias: “era el más preciado con excepción del oro”. Pero, por otro lado, el texto platónico afirma que el oricalco se podía encontrar en muchos lugares de la isla (se debe suponer toda Sudamérica), lo que no concuerda con una localización tan específica. Y desde luego, todo ello dando por buena la identificación del Altiplano con la Atlántida, propuesta que ha sido totalmente desestimada por el mundo académico pero también por muchos investigadores alternativos.

Recreación artística de la Atlántida
Así pues, en conclusión, si descartamos que el oricalco perviviese en el Mundo Antiguo y fuese básicamente lo mismo que el latón dorado, no tenemos prueba alguna de la existencia o la naturaleza de este metal legendario, que tal vez fuera una aleación de cobre (con oro u otros metales) pero tal vez no. En cualquier caso, situar avanzados conocimientos de metalurgia hace más de 11.000 años parece algo bastante alejado de lo que la ortodoxia académica sostiene sobre la Prehistoria y la Edad de los Metales, a menos que queramos ubicar cronológicamente la Atlántida en una época mucho más moderna, como han apuntado diversos autores. Sea como fuere, se mantiene la eterna incógnita de situar la Atlántida en un lugar y un tiempo claramente reconocibles en el registro arqueológico, pese a las múltiples teorías y propuestas emitidas desde hace siglos hasta hoy en día. Entretanto, el valioso oricalco seguirá en el mismo limbo de indefinición que muchos otros elementos que el filósofo Platón atribuyó al mítico continente.

© Xavier Bartlett 2017

Fuente imágenes: Wikimedia Commons


[1] Asimismo, muchos expertos consideran que no era más que una metáfora moralizante o filosófica acerca de un estado ideal que se echa a perder por la falta de virtud.
[2] Critias, 114 e
[3] Véase al respecto el artículo “La arqueología como espectáculo” de este blog.
[4] Cabe recordar que Platón situaba la desaparición de la Atlántida 9.000 años antes de su época, siempre a partir del relato de Solón, a su vez basado en el relato de los sacerdotes egipcios.
[5] Originalmente, un tipo de resina vegetal fosilizada, principalmente de coníferas. Existen dos grandes centros de extracción de ámbar: Centroamérica y la Europa Nórdica.
[6] Por otro lado, es oportuno citar que los restos de esta ciudad apenas han sido explorados; se calcula que sólo se ha excavado un 5% del total. Pero algunos datos han llamado la atención del arqueólogo Neil Steede, que se ha fijado en unas grapas metálicas que unían los grandes bloques de piedra, y que –tras ser analizadas– mostraron ser una aleación de cobre y níquel, operación que precisa de una temperatura de unos 3.500º. Sin embargo, esta tecnología sólo estuvo disponible desde los años 30 del siglo pasado...

3 comentarios:

Cobalt UDK dijo...

Según Díaz-Montexano, Platón situaba a la isla a las puertas del Estrecho de Gibraltar, no "más allá", que suele ser la traducción habitual.

Pero aún siguen apareciendo "investigadores" que buscan algo de lo que sólo existe una referencia, ignorándola.

Así la sitúan en Creta o Sudamérica, cuando según Platón sólo puede estar en la zona del Golfo de Cádiz, entre la península ibérica y Marruecos.

Xavier Bartlett dijo...

Gracias Cobalt

Sí, si se toma la literalidad del texto, tal como insiste Díaz-Montexano, debería justo ahí. Otra cosa es que Platón se tomara las licencias literarias oportunas o que las exploraciones ocenanográficas puedan confirmar algún día que allí hubo una gran isla hace miles de años.

Saludos,
X.

Cobalt UDK dijo...

Bueno, hay una isla sumergida justo a la entrada del estrecho, en la parte atlántica. Es el Banco de Majuán (o Spartel), según la wikipedia.

Por la zona hay demasiadas evidencias, esa isla, Tartessos, y todo cuadra bastante con la descripción de Platón. Desde luego mucho más que situarla en Santorini o en Bahamas.

El documental de James Cámeron, donde participa Díaz-Montexano, va por ahí. Aunque no mencionan Majuán, si dan a entender que estaba por la zona por su influencia en Tartessos. También muestran restos de civilizaciones antiguas en las Azores, donde no se creía que había estado nadie hasta la llegada de los portugueses, dando a entender que había una civilización marítima con capacidad al menos de cruzar medio Atlántico (lo cual podría explicar la existencia de esos mapas antiguos que muestran tierras hasta entonces desconocidas).