Ciencia y pseudociencia


Uno de los argumentos recurrentes del estamento académico para desprestigiar, ignorar o ridiculizar la arqueología alternativa es enviarla a la categoría de “pseudociencia”, esto es, lo que es pura farsa, engaño, mentira, estafa, elucubración, tergiversación, superstición, etc. Sin embargo, es obvio que no todo el mundo comparte esta visión de la pseudociencia; de hecho, no existe un consenso absoluto sobre el concepto mismo de pseudociencia. El problema principal en todo caso es que el actual paradigma científico, nacido del empirismo y el positivismo marca unas fronteras muy bien delimitadas sobre lo que es susceptible de ser observado (por nuestros cinco sentidos), experimentado y analizado, lo que conduce a un “conocimiento científico”. Todo lo que está fuera del método científico y de la visión materialista simplemente “no existe” o es una “creencia”, que a la postre vendría a ser lo mismo.


Sea como fuere, la historia o arqueología alternativa ha ido a parar al mismo saco donde se encuentran otras disciplinas como la medicina alternativa, la ufología, la astrología, la parapsicología, la numerología, la telekinesia, etc. En el caso concreto de la desmitificación de la arqueología alterntiva, la ciencia ortodoxa suele recurrir a argumentos de este tipo: 
  • No se aplican los métodos habituales de las disciplinas propiamente científicas (los que se consideran como válidos independientemente de las expectativas del observador).
  • No se aportan pruebas empíricas para demostrar sus teorías ni admiten refutación. Tampoco buscan la formulación de leyes generales.
  • Sus métodos de investigación son como mínimo discutibles. Los autores alternativos recurren a noticias de diarios o revistas, otros libros pseudocientíficos, obras mitológicas o religiosas, etc. En general, casi nunca realizan una investigación objetiva para comprobar sus fuentes.
  • No se actualizan datos ni conclusiones; no suele haber segundas ediciones corregidas de obras pseudocientíficas. Se mantienen los errores indefinidamente, a diferencia de la ciencia ortodoxa, en la cual se produce una constante renovación a partir de nuevos datos o enfoques.
  • Cuando son fuertemente criticadas, recurren al argumento de la conspiración o la persecución en su contra.
  • Frecuentemente crean misterio o enigma donde no lo hay, al omitir información y detalles relevantes.
  •  Se magnifican las llamadas anomalías (muchas veces sin previa comprobación) frente a los fenómenos regulares bien estudiados y comprobados a lo largo de décadas o siglos.
  • Se apela a veces a energías, entes, realidades, etc. de tipo metafísico o espiritual que no pueden ser analizadas por la ciencia ortodoxa, ya que no pueden ser objeto de comprobación empírica.

Y si vamos un poco más allá, vale la pena rescatar un argumentario lapidario empleado para atacar muy específicamente las tesis de Immanuel Velikovsky. Así, presento a continuación una lista de criterios para desenmascarar a los pseudocientíficos, formulados por el profesor Laurence Lafleur, allá por el año 1951 en la revista Scientific Monthly (en este caso el paso del tiempo no afecta mucho a su contenido, pues estas propuestas siguen bastante en la línea del pensamiento científico actual):



  • ¿Es el impulsor de la hipótesis especialista en la teoría que propone reemplazar?
  • ¿Está la nueva hipótesis de acuerdo con las teorías admitidas en el campo de la hipótesis, o –si no es el caso– presenta argumentos adecuados para realizar cambios, razones de un peso al menos igual al de las pruebas que sostienen las teorías existentes?
  • ¿Está la nueva hipótesis de acuerdo con las teorías admitidas en otros campos? Si no es así, ¿es consciente el proponente de que está recusando un cuerpo de conocimiento establecido, y dispone de suficientes pruebas como para que el cambio que pretende sea razonable?
  • En el caso de que la nueva hipótesis entre en contradicción con una teoría establecida, ¿incluye o implica la hipótesis una alternativa adecuada?
  • ¿Encaja bien la nueva hipótesis con las teorías existentes en todos los campos, o con las alternativas propuestas por ella, formando una visión del mundo de igual suficiencia que las actualmente aceptadas?
  • Si la nueva hipótesis modifica teorías capaces de predicción o de precisión matemática, ¿es la nueva teoría igualmente capaz de predicción o precisión matemática?
  • ¿Muestra el proponente predisposición a inclinarse por las opiniones minoritarias, a citar opiniones individuales opuestas a la visión general, y a exagerar la admitida falibilidad de la ciencia?

Todos estos criterios pueden ser de gran utilidad como instrumento de verificación o control de calidad científica, pero podríamos formular ciertas objeciones:

Para poder opinar, se te obliga a formar parte del “alto sacerdocio científico”, que expide permisos y méritos para actuar según el culto reinante. Ser un outsider es poco menos que un pecado mortal.

Es razonable pedir a las nuevas tesis un peso (en sólidas pruebas) al menos igual a las antiguas, pero... ¿quién juzga ese peso y con qué balanza? ¿Es una cuestión cuantitativa o cualitativa, o ambas? ¿Puede haber factores subjetivos en dichas apreciaciones? ¿Puede una sola prueba derribar toda la base científica de una disciplina? Refutar una teoría sin proponer un escenario alternativo no parece muy científico, pero tampoco lo es ignorar las pruebas que indican que la teoría existente puede ser falsa.

A veces, determinados avances o hallazgos en una ciencia impactan de manera directa en otras disciplinas y no se puede esperar que el nuevo avance respete obligatoriamente el cuerpo teórico de otras ciencias si la evidencia apunta a lo contrario. Por supuesto, como Lafleur propone, las pruebas deberían ser al menos suficientes.

En el caso de la historia o la arqueología, exigir predicciones o experimentaciones precisas puede ser una tarea muy problemática. La arqueología no se comporta como la física o la química; los experimentos no se pueden realizar a voluntad, sino que dependen de los yacimientos existentes (y de su estado de conservación); en definitiva, los hechos históricos y los restos arqueológicos son limitados e irrepetibles per se.

Quedarse en minoría (a veces solo), ¿es síntoma inequívoco de defender tesis erróneas? Buena parte de la ciencia oficial de hoy en día no pasaría por este filtro si hubiese sido aplicado con esmero por los científicos de otras épocas. Además, deberíamos encontrar un punto intermedio entre «exagerar el tema de la falibilidad de la ciencia» y el derecho a apelar a dicha falibilidad (y más todavía en las ciencias sociales).

En definitiva, el concepto de ciencia -tal y como se concibe hoy en día  sobre unas bases teóricas y una supuesta objetividad de la observación y experimentación de la naturaleza- no deja de ser una visión determinada del cosmos no exenta de fallos, contradicciones, limitaciones y carencias de todo tipo, y todo ello por no hablar de la subjetividad y los prejuicios, tan propios del pensamiento humano. Y en fin, después de siglos de oscurantismo, la ciencia moderna ha dado la vuelta a la tortilla y ha convertido en dogma lo que antes era un anatema, algo parecido a lo que hizo la  religión durante siglos en oposición a la propia ciencia empírica. Pero la tortilla sigue siendo la misma... las mismas ganas de imponer una "verdad" sobre la mente y el espíritu.

(c) Xavier Bartlett 2013